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Disonancias

Yacía en una mesa de madera

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Lo entregaron con una fractura de cráneo, en su cuerpo inerte se veían multiples lesiones, el cuerpo de Adolfo, un anciano Tzotzil fue entregado a su familia un mes después de su aprehensión, su ahora viuda, permanece en la cárcel. Lo velaron sobre una vieja mesa de madera. No obstante las evidentes huellas de tortura, el médico legista declaró el deceso como “suicidio”; presuntamente, el hombre de 57 años se había ahorcado en su celda con un cordón.

Adolfo junto con varios miembros de su familia fueron detenidos al ser “descubiertos” como una red de secuestradores y tratantes de niños, niños que posteriormente demostraron, eran parte de una numerosa familia cuyos hijos y nietos habian ido a San Cristóbal, huyendo de la miseria. Hijos y nietos (23 menores), terminaron hacinados en un cuarto y sobrevivian vendiendo artesanias y legumbres en el centro de San Cristóbal. Luego de la desaparición de Dylan, un niño que fue secuestrado en el mercado local y que su madre estuviera 2 días fuera de Palacio Nacional exigiendo la ayuda del presidente, éste urgió a las autoridades locales a su pronta búsqueda y localización, sin embargo, antes de ser localizado este pequeño, y ante la presión presidencial, las autoridades locales no dudaron en declarar el descubrimiento de “una peligrosa banda”, sí, la de Adolfo y su mujer y presentaron ante el presidente su “gran logro”, con pruebas tan bien fabricadas, que el mismo presidente López Obrador declaró en una mañanera: “Se está actuando, ya hay detenidos, unas señoras se dedicaba a eso…me lo acaban de notificar”.

Lo que nunca le dijeron al presidente es que esas “señoras” eran las madres y abuela de los niños, tal como lo demostraron con las actas de nacimiento y testigos; tampoco le mencionaron de Adolfo que había muerto un mes antes.

No obstante pruebas y testigos y en un afan de alargar el proceso, las autoridades de Chiapas exigieron a la familia pruebas de ADN, ¿qué es eso?, preguntó una de las madres, pronto se enteró del procedimiento y del costo del mismo.

Ya no hay tortura en México, ha dicho el presidente, tampoco hay corrupción, comenta en cada mañanera, sin embargo, la escoba con la que se está barriendo la justicia no ha llegado a esta humilde familia Tzotzil a quien la autoridad arbitrariamente les cambió la vida. Velaron el curpo del abuelo, la abuela permanece presa y ni la recomendación de la Comisión nacional de Derechos Humanos (51/22) ha conseguido hacer justicia. Sin dinero para un abogado, sin conocer los procedimientos, sin saber cómo ni con qué desplazarse a la capital para pedir justicia presidencial tal como lo hizo la mama de Dylan al que finalmente encontraron (sustraido por una mujer estéril que quería retener a su pareja a través del pequeño), el futuro para esta familia indigena, fragmentada y pobre, no distará mucho del de otros casos que desde hace años se vienen dando contra las poblaciones marginadas.

Ojalá el presidente pudiera estar en todos lados.

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