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¿Y vale la pena orar?

Sin duda que más de alguna persona ha podido hacerse esta pregunta an­te la aflicción que nos está causando esta pandemia. Es posible vislum­brar cómo en todo el mundo, la ora­ción se eleva al cielo desde todas las naciones, los niveles sociales, las re­ligiones no cristianas y las diversas confesiones de fe en Cristo. Desde luego que esa humanidad orante lo hace con la esperanza de ser escu­chados. Claro está que también esta oración responde a distintas inter­pretaciones de esta enfermedad; habrá personas que lo interpretan como un castigo divino, otros co­mo algo provocado por el mismo hombre o como algo que es parte del funcionamiento de la misma na­turaleza. En cualquiera de estas in­terpretaciones, el sufrimiento y la catástrofe que se está viviendo es una situación común a todos, esta enfermedad no distingue a pobres o ricos, creyentes o no, unas razas de otras, buenos o malos, es una afecta­ción para todos.

Pero el cuestionamiento que­da en pie, tanto para los que ora­mos, como también para los que no lo hacen. Para quienes profesamos la fe cristiana, estamos convenci­dos de que nuestra oración se dirige a un único Dios que la misma Bi­blia lo define diciendo que “Dios es amor” y la misma Palabra nos dice que “Él nos amó primero” y Jesús nos lo da a conocer como Padre, mi­sericordioso, compasivo, muy ínti­mo y cercano, que nos busca hasta encontrarnos; nos pide parecernos a Él en el amor a los hermanos. Le gusta que toquemos a su puerta con insistencia y en donde se manifiesta más plenamente es en la Cruz de su Hijo. Este Dios dado a conocer ple­namente por Jesús su Hijo amado es quien da sentido a todas las interro­gantes difíciles de la vida humana, incluso a la muerte, por eso para los creyentes la muerte no es el final de la vida del hombre, es el paso a la fe­licidad completa en la vida con Dios en el cielo.

La persona que ora, logra respi­rar de la asfixia que le provoca el do­lor humano. Podemos decir que la oración es el momento y el espacio en donde una mujer o un hombre atormentados por la enfermedad, los problemas de su vida o la muer­te, encuentra el consuelo, la paz in­terior, la sanación de sus heridas y la esperanza. Por eso para el que ora con fe, no existen los callejones sin salida, aunque sufra, sin embargo no cae en situaciones de angustia y descarta cualquier tentación de sui­cidio. Muchas personas que están recluidos en su casa por la pande­mia, tienen ya problemas emocio­nales y comienzan a tener ansiedad y angustia. Sí vale la pena orar, aun­que alguien tal vez nunca lo haya he­cho, apártese un momento, póngase en silencio e invoque a Dios.

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