RAIZALES

Contestación pagada I


Heberto Taracena Ruiz

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Germán, echado para adelante, cuando joven, enamoraba a Edita, morena clara de modales atractivos, quien le correspondía; con que, además, el primero, bueno para la cantada, no se rendía de buenas a primeras; tan decidido, que le llevaba serenata en cayuco, de Cunduacán al rancho La Luz, bogando cinco kilómetros, en cuyo casco de la finca Edita de cuando en cuando pernoctaba. Cosas del tiempo. El rancho, pese a su nombre, carecía de luz eléctrica, pero, en aquellas noches no faltó el candil a toda mecha y, al esquinero de la sala, el quinqué de volvillo medio ahumado. La mayor parte del tiempo, Edita lo pasaba en casa de sus padres, calle Cuauhtémoc, “domicilio conocido” por Germán. Ella y su hermana Guilla, muy laboriosas, vendían del diario una palanganada de “queso de vaca”, fresco, a la cholla del chamaco del vecindario. Germán conocía al vendedor del queso de pe a pa, como a ese mundo de pocos habitantes y, por ello, se daba cuenta de que éste entraba y salía hasta la concina, en la vivienda de Edita. Cierta tarde en que Germán se hallaba sobre una barda de tres metros de alto, matando el tiempo y dando saludos a quienes pasaban por el callejón, ocurre que, de pronto… --Sss, Sss, Sss –emite sonidos llamando al chamaco con insistencia, quien va de inmediato por pura curiosidad. --Oye –dice- ¡Quieres ganarte un tostón! -¡Pa´pronto! –contesta el chamado- -Mira –dice- Como veo que entras y salas en casa de don Ese –don Ese era el futuro suegro-, ve si entregas en sus manos esta carta a Edita. Dando y dando, van la carta y el tostón por adelantado. La cartita escrita a mano con lápiz amarillo, llega a su destinataria como de entrega inmediata. Ésta la toma hecha un manojo de nervios que da para seguirle al cuento…



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