LOS DARDOS DE BRACHO

Dardo mezcalero


Carlos Bracho

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Cuando estoy en la cantinucha a la que asisto para echarme unos mezcali­tos que me ayuden a pasar los horren­dos fríos, y cuando en la rocola pongo a Chente Fernández para que cante unas rancheras de las que llegan al al­ma, y también, cuando algún compa de la mesa de enfrente me invita una ron­da, a la que acepto de corazón, y que ya entrados en gastos, ya cuando la char­la está sabrosa y ya encarrerados en el chimiscoleo, algún otro chómpira ve­cino me suelta la pregunta obligada, sí, obligada por­que resulta que él es lector asiduo a mis canijos Dardos sulfurosos y como en ellos siempre, o casi, los lanzo con singular alegría contra algunas situaciones no con­gruentes con la 4T, y dice: “Oiga, don Carlillos, ¿por­qué siempre, con sus Dar­dos, le está tirando duro al mero mero y a sus Morenas y Morenos? Y yo, apurando mi mezcal y ordenando el que sigue, le contesto con toda la calma del mundo; -“Mire usted, compa, que quede claro, porque ya le he escrito en algunos de esos Dardos ponzoñosos, que no, que nunca estaré en contra de los li­neamientos y aspiraciones republica­nas de las 4T, tan a su favor estoy, que por eso, cada vez que hay un error, ca­da vez que se comete alguna falta, ca­da vez que se toman medidas que no tienen un principio claro, legítimo o turbio, yo, ipso facto, lanzo mis Dar­dos a las nalgas de los que han come­tido esas infracciones, porque, y esto se lo reafirmo, estimado compa, “El señalar los errores, las lacras de los politicos, es servirlos”. ¿Me ensten­dió usted? Y claro que me entendió, porque luego dijo que -“ Sifón, compa Bracho, a buen entendedor pocas pa­labras”.

Y arreglado el asunto, nos echámos entre pecho y espalda otros mezcalis­tos acompañados esta vez por unos quelites en salsa verde y copeteados con unas costillitas de cerdo. Las tor­tillas que nos hicieron fiesta fueron de máiz morado (sí, dije máiz) Luego le pedimos a la compañera que nos aten­día que preparara unas enchiladas rojas y en unas cazuelitas que nos pu­sieran unos frijoles rancheros, y que no se le fuera a olvidar que en el molcajete estuviera un guacamole y unos chilitos bien toreados y con unas ro­dajas de queso artisanal de Tenosique. Y así transcu­rrió la tarde, entre sorbo y cucharada y escuchando las canciones del Chente.

Y al despedirnos el com­pa me deseo suerte y me dijo que le hacían bien a los po­lacos mexicas el que yo les lanzara mis Dardos, que le diera duro, que si los leyeran tal vez corrigieran algún rumbo equivocado. Y colorín colorado.

 



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