ANALISTA

El México bueno


Óscar Gómez Cruz

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Fui a uno de estos nuevos supermercados, donde te puedes sentar a comer todo tipo de alimentos en islas, en las que además, pue­des elegir lo que ofrecen en cualquier lugar del establecimiento.

Mientras veía la mecánica, porque nun­ca había comido en uno de estos nuevos con­ceptos, nos atendió Hugo.

Un muchacho de aproximadamente 26 años, que desde que nos vio llegar se acercó y nos comenzó a explicar con gran ánimo to­das las opciones que teníamos para comer. Me sorprendió su entusiasmo, calidez y el esmero en la atención. Como si él fuera el dueño del negocio.

Personalmente se salió de la isla de comi­da en la que nos sentamos, para ir a buscar unas bebidas que no estaban en su espacio, pero aun así, él se ofreció a ir por ellas.

Le pregunté: «¿Qué estudiaste?, ¿o sigues en la escuela?»

 Me platicó que acaba de llegar a ese lugar, transferido de otra plaza del país y que dejó incompleta la carrera de gastronomía.

Hugo pertenece de acuerdo a datos del INEGI (Encuesta Ingreso Gasto de los Ho­gares ENIGH 2018) al decil I, es decir, a la parte de la población que cuando mucho al­canza hasta 9 mil 113 pesos mensuales de in­greso.

Por otra parte, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo So­cial (CONEVAL 2018), refiere que son 71.7 millones de mexicanos los que no tienen se­guridad social y 8.6 millones que son vulne­rables por ingresos.

Pero más allá de datos económicos, Hu­go representa ese México bueno de personas que trabajan honestamente, que se esmeran en hacer bien las cosas, sabiendo que el ca­mino a recorrer es muy largo y muy duro, si se decide tomar la vía correcta.

Hay muchos Hugos en México. Una real transformación en este país se podrá lo­grar cuando los 52.4 millones de personas (41.9 % de la población) que viven en pobre­za, salgan de ella y cuando se generen em­pleos calificados y bien pagados para que Hugo, pueda cobrar más al terminar su ca­rrera de Chef. Porque el problema de raíz de las economías en vías de desarrollo (la ma­nera elegante de llamar al subdesarrollo), radica en que la mano de obra no es especia­lizada y por ende los salarios son ínfimos. La especialización va de la mano con la com­petitividad y con salarios que realmente promuevan el desarrollo.

 



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