EL TABASQUEÑO

Los tres sobres


Héctor Tapia

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Lo que narraré ya se ha publicado y circula como chiste desde hace ya mucho tiempo entre los políticos. Sin embargo y lamentablemente el cuento puede volverse actual, según las circunstancias, que quien lo narre, decida manejar.

Aunque no está demás ser precavido y por si las dudas, antes de iniciar la narración decir como en las películas: "Cualquier semejanza con hechos y personajes de la vida real, es solo una divertida coincidencia".

Empecemos:

Había una vez un estado en donde durante casi 90 años el poder se transmitía por herencia, aunque el gobierno aquel no era una monarquía.

De pronto llegó la transición con la promesa del cambio y finalmente de la transformación.

Cuando el jefe en turno, llegada una fecha del calendario, tenía que entregar, acordó con su sustituto una reunión. Terminado el protocolo, el que llegaba le habló con franqueza a su sucesor:

 

-Me alarman los presagios de que el próximo gobierno, o sea el que me tocará encabezar, tendrá que enfrentar problemas que tal vez sean superiores a mis fuerzas, más si se toma en cuenta mi falta de experiencia.

El todavía jefe máximo del estado, sonrío, le palmeó la espalda y repuso:

-Las mismas aprensiones tenía yo cuando fui llamado por mi antecesor, aunque has de recono- cer que entonces las cosas estaban peor que ahora.


-¿De veras? Me parece que no me heredas un lecho de rosas.

-Bueno, bueno, si acaso no gustas gobernar…

-Oh, no. Como gustarme me encanta. Sólo que… En fin, no puedo dejar de sentir miedo.


¿No tendrías por ahí alguna especie de talismán o secreto mágico para que yo pueda sortear las dificultades que me esperan?

-A eso iba, precisamente. Quiero hacer por ti lo mismo que hizo mi antecesor, y me sospecho que también otros jefes políticos de este estado. Toma estos tres sobres. Están numerados progresivamente. Los irás abriendo en el orden en que se te presenten los problemas. Dentro de cada sobre está indicado lo que debes hacer.

Y he aquí que, tal cual estaba previsto, el nuevo gobernante comenzó. Tan feliz estaba el recién estrenado que durante unos meses sólo tuvo tiempo para pronunciar discursos que eran cada vez más brillantes, según sus panegiristas.

Antes de un año, sin embargo, los problemas -generados en lo profundo del ánimo general- empezaron a hacer explosión.

Los obreros exigían empleos, los empresarios obra pública, los ciudadanos estaban cansados de discursos de ahorros, de austeridad y de apretones de cinturón que no se transformaban en resultados.

"¡Salario mínimo al gabinete para que vea lo que se siente!", pedían los trabajadores, tras saberse que en la burocracia dorada se pagaban altos salarios. Las críticas en las mesas de cafés se extendían. "¡Queremos bonos!", marrulló algún diputado desde su curul en el Congreso.

El caso es que con el horno, pues, ya 'alguito' caliente, el novel gobernante recurrió al primero de los sobres. Lo abrió en secreto, dentro de un clóset para que nadie se diese cuenta de que estaba tan urgido de un consejo oportuno.

Había una hoja de papel con esta sola frase: "Échame la culpa".

Inmediatamente, el nuevo jefe dio instrucciones a su único y eficaz, según él, medio de desinformación, en el que había descansado toda la confianza, a través de él culpó al anterior gobernante, a quien acusó no sólo de haber heredado deudas, sino de hasta pagar el doble de salarios a sus funcionarios.

Se condenó de tal forma al viejo antecesor que fue a parar exiliado a España.

Aparentemente la calma retomó al reino. Pasaron un par de meses de relativa tranquilidad. El jefe de gobierno creía tener todo bajo control; pero casi súbitamente reventó un nuevo escándalo. Empezaron a aumentar las ejecuciones, la violencia, los feminicidios. El miedo empezó a apoderarse de las personas. Las patrullas nuevecitas y alquiladas dejaron de verse en las calles. La gente volvió a mostrar inconformidad, en voz baja y alta. El nivel de crítica en los medios de comunicación empezó a subir de tono notablemente, menos en uno.

"¡Seguridad, seguridad!", clamó la familia de una señora a la que el marido le había asestado once puñaladas en el mismísimo juzgado a donde llegó a denunciar al agresor. El caso es que las cosas poco a poco se iban poniendo feas.

En tan difícil trance, el gobernante se acordó nuevamente de los sobres. Abrió el segundo. La hoja decía: "Reorganiza el gabinete".

Al punto hubo ceses, remociones, algunos emocionantes "enroques", algún ex funcionario menor fue a parar a la cárcel acusado de corrupción.

Podrá parecer increíble que la calma haya renacido; pero no se olvide que ese pueblo en el fondo era bastante ingenuo. Recuperó su "fe en las instituciones" -como se dice en la retórica oficial- con sólo ver que se hacían unos cuantos escarmientos.

Todo, empero, tiene un límite. Hasta la ingenuidad. Y ocurrió entonces que a los cuantos meses el mundo entero se estaba viniendo encima de aquel asendereado jefe estatal.

Ahora ya no un sector, sino la sociedad entera estaba en vilo. Rápidamente acudió al sobre que quedaba. Lo abrió con febril ademán. Pero la hoja de papel sólo aconsejaba: "Haz tres sobres".

*(Un homenaje al periodista Manuel Buendía Tellez- girón de quien descubrí en la lectura de sus columnas que el análisis, la crítica y el humor, bien pueden alternarse).


 



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