CASCARA AMARGA

Orgullo legítimo


Laureano Naranjo Cobian

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Los tabasqueños podemos tener el orgullo le­gítimo de que en estas tierras naciera un gran hombre. Modesto, sencillo, cordial, pero de una gran voluntad y una dignidad a toda prue­ba. Había nacido en el noble pueblo de Jalpa, se había afincado como comerciante en Co­malcalco, pero su destino lo tenía señalado para convertirse en héroe inmortal, en Cun­duacán, la Atenas de Tabasco. Corría el año de 1863, las fuerzas invasoras francesas, estaban dispuestas a adueñarse de todo el país para imponer a un principie de ojos azules, Maxi­miliano de Habsburgo, joven de 32 años que habitaba el lujoso catillo de Miramar junto con su linda esposa, María Carlota Amelia Augusta Victoria Clementina Leopoldi­na Coburgo y Orleans, o sea la llamada Em­peratriz Carlota. El antiestético emperador francés, llamado certeramente por el gran escritor Víctor Hugo, Napoleón el pequeño, había decidido invadir a nuestra patria con 28 mil bayonetas, luego de la paliza que ha­bía recibido el 5 de mayo de 1862. Como avan­zada de ese ejército invasor, se apareció en el guaraguao, el granadino Eduardo González Arévalo (5 de enero de 1832, Granada, Espa­ña - 6 de mayo de 1867, Mérida, Yucatán) el 18 de junio de 1863, iniciando el bombardeo a la antigua San Juan Bautista. El entonces gober­nador Victorio Victorino Dueñas Outrani, hijo de doña Eloísa Outrani, más conocido como el pejelagarto, en lugar de hacer frente al bandido, inició la graciosa huida y desapa­reció del Estado, quizá mal aconsejado por su hermano José Julián. Es aquí donde aparece un joven presbiteriano de sereno valor, caute­loso y prudente. Reservado. De carácter apaci­ble. Bondadoso. De lenguaje digno y decoroso. Siempre acompañado de los Coroneles Nar­ciso Saenz y Pedro Fuentes y por supues­to del insigne patriota Don Andrés Sánchez Magallanes. Al enterarse Don Gregorio de la defección del gobernador, inmediatamen­te se pone en acción y reúne a los mejores para combatir al enemigo. Inicia su marcha hacia Cárdenas para encontrarse con el digno varón Sánchez Magallanes que un día antes se ha­bía levantado en armas, este, le pide que sea él, el Caudillo para combatir a Arévalo. El joven Coronel asume sin dudarlo la alta responsabi­lidad y organizan entre los dos a las brigadas que se han de cubrir de gloria en la célebre Ba­talla del Jahuactal el 1 de noviembre de 1863, que es hoy orgullo legítimo de todos los tabas­queños y los mexicanos. Esto se pone bueno. Continuará próximamente…

 



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