CASCARA AMARGA

La envidia


Laureano Naranjo Cobian

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“La envidia es una adoración de los hom­bres por las sombras, del mérito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sono­ramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heri­das abiertas por el desengaño de la insigni­ficancia propia.

Por sus horcas caudinas, pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la va­nidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sos­pechar que su ladrido envuelve una con­sagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad de los necios fue siempre el pedestal de un monumento (…). Es la más innoble de las torpes lacras que afean a los caracteres vulgares. El que envi­dia se rebaja sin saberlo, se confiesa subal­terno; esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida.”. Así se expresa el ilustre pen­sador latinoamericano Don José Ingenie­ros. Y lo que pienso yo: efectivamente, la envidia es una de las más bajas pasiones que azotan a los mediocres.

Nada los consuela. Viven permanente­mente su desgracia personal. Les duele que le vaya bien a otros y se revuelcan en su pro­pia inmundicia. Insectos rastreros y tam­bién cucarachas voladoras.

Son indignos de caminar por el mundo. Mejor deberían odiar, porque el odio a ve­ces, de alguna manera se justifica en casos excepcionales. Y de verdad que hacen daño los envidiosos, pero quizá, hasta podríamos perdonarlos porque son víctimas de su pro­pia tragedia. Desgraciados infelices.

Ni se quieren ellos mismos ni quieren a los demás. ¿Por qué mató Caín a Abel? Por envidia. Recordemos que Caín era agri­cultor y Abel pastor de ovejas; y como las ofrendas de Abel eran más agradables al Rey de la Gloria, Caín se indignó por la en­vidia que lo consumía y cometió su crimen. Cuídense de los envidiosos porque no son pocos aunque tampoco sean muchos.

Y como dice la admirable quintilla: la en­vidia y la emulación //parientes dicen que son; // aunque en todo diferentes// al fin también son parientes//el diamante y el carbón.

 



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