INVITADO

Democracia en crisis


Mouris Salloum George

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La divisa del liberalismo es dejar hacer, dejar pasar.

La fase superior del liberalismo es el neoliberalismo, cuya gestación palpi­tó a mitad del siglo XX en que una se­lección de pensadores fue convocada en Europa para analizar el futuro de la democracia.

Esa cita se dio 10 años después de con­cluida la Segunda Guerra Mundial en que, vencidos los totalitarismos de un signo, tomaron su sitio totalitarismos de otro signo.

En el centro de la agenda de los gurús estuvo el debate sobre la función del Es­tado frente a la empresa privada.

Decantada la idea con que iniciamos estas notas al paso de 7 siglos, el liberalismo sentó sus reales con la marca de la casa: Libertad económica y su motor: El individualismo.

El macizo teórico de dicho proceso -contrario a la lucha de clases- fue ge­nerar el sistema político que garanti­zara la irreversibilidad del capitalismo, cuestionado a lo largo de la primera mi­tad del siglo XIX, incluso en la Doctrina Social de la Iglesia católica, por razones obvias.

La jornada europea aludida fue pila bautismal de los ya conocidos como pa­dres del neoliberalismo, cuyos parteros fueron el Reino Unido y los Estados Uni­dos.

Tardíamente México fue insertado en esa vertiente, cuya misión fue desplazar al Estado de la rectoría de la economía, iniciativa extralógica en la que se privi­legiaron las supersticiones sobre una es­trategia orgánica.

El ciclo vital del neoliberalismo mexi­cano fue puesto en cuestión en 2018 con el triunfo electoral de una corriente eti­quetada como antisistema.

Desvertebrado el sistema de partidos, agente de la democracia contratada, las fuerzas políticas y económicas ven des­quiciadas sus representaciones de ne­gociación. Es el caldo de cultivo de la anarquía que hoy arrastra a la sociedad mexicana.

 



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