CASCARA AMARGA

La Güera Rodríguez


Laureano Naranjo Cobian

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Esta gran mujer mexicana, es digna de ser re­cordada y más aún en este importante mes de septiembre que aún no termina. Su partici­pación en la Independencia ya nadie la discu­te. Siempre a favor de la libertad de la Patria. Fue muy famosa en su tiempo María Igna­cia Rodríguez de Velazco, Osorio Barba y Bello Pereira, más conocida como la Güera Rodríguez. Mujer de gran personalidad, her­mosa, talentosa, audaz. Había nacido en la ca­pital el 20 de noviembre de 1778, en el llamado siglo de las luces. Estuvo casada en tres oca­siones: con Don José Gerónimo López de Peralta de Villa Villamil; con Don Mariano Briones y Don Manuel Elizalde. De gran se­guridad personal y mirada encantadora, co­noció de cerca al que posteriormente sería conocido como uno de los principales libertadores de América, Simón Bolívar ( Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco.) cuando este era muy joven pasando juntos ratos muy felices. También conoció al Barón de Humbol­dt (Friedrich Wilhelm Heinrich Alexan­der Freiherr von Humboldt. Berlín, 14 de septiembre de 1769- 6 de mayo de 1859.) que había llegado por Acapulco en 1803, y con el cual también mantuvo relaciones muy estre­chas que los llevaron a conocer los espacios divinos del amor. Pero es de creer que la más importante de sus relaciones personales y po­líticas las sostuvo con Agustín de Iturbide y Aramburú. Se decía que este enemigo de los Insurgentes estaba perdidamente enamora­do de la carismática e ingeniosa Güera Ro­dríguez, tanto, que el 27 de septiembre de 1821, cuando ingresaba el ejército Trigarante (Unión. Religión. Independencia.) a la Ciudad de México, el jefe del ejército, Iturbide, ordenó desviar el paso de los contingentes, más de 30 mil, para pasar bajo el balcón de su amada. Es interesante. Y es que Iturbide, de acuerdo con los potentados de la Capital, se había puesto a la cabeza de un ejército que pugnaba, ahora sí, por la Independencia del trono español, todo para no obedecer los mandatos de la Constitu­ción de Cádiz de 1812 que se había vuelto a po­ner en vigor, pues esta Constitución contenía derechos a favor del pueblo que los conserva­dores y reaccionarios, repudiaban. No fue fácil convencer a don Vicente Guerrero Saldaña, que mantenía viva la llama de la insurrección en las montañas del sur, iniciada por Hidalgo, Allende y Morelos.

 



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