RAIZALES

Boyero del pueblo


Heberto Taracena Ruiz

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¿Qué? ¡Sí! Boyero. -¿Y eso qué es? –Curiosearía este o aquel alumno de bachillerato-.

    -Es el campesino que trabajaba tirando bueyes.

    -¿Tirando bueyes?

    -Quiero decir, guiándolos en el encargo de varias tareas.

    -Ah. Es que esa materia no aparece en ningún texto.

     -Permíteme contarte.

     -A ver –atiende el adolescente-.

     -Verás que Juan Ramón Jiménez hacía pareja con su borrico Platero, con que se andaba de la ceca a la meca por tierras del viejo mundo, entendidos a la perfección.

     -De este lado, aquí cerca, un tataranieto de los bravos cimatanes, don Leocadio Ruiz Rosaldo, tuvo la iniciativa de castrar dos novillos, a los cuales enseñó a jadear uno al lado de otro, traídos por una rienda de tres o cuatro centímetros de anchura hasta abarcar el cuello de ambos semovientes.

    -Plan consumado de don Leocadio fue el de amansarlos, al punto de que fueran y vinieran donde él los requería.

    -Que había de acarrear soleras o cargar zontles de maíz, el pueblo sabía que don Leocadio y sus bueyes estaban prestos a entrarse a la fajina, en la medida de su tiempo. Jamás dejaron de hacer honor a su palabra.

    -Así, el recorrido por el pueblo de calles enlodadas, daba lugar a un ritmo  aguachinado entre las pezuñas de los animales, los pies de don Leocadio y el peso y largo de la madera o el  fatigoso cargamento. Niños, boquiabiertos, no les quitábamos los ojos, dado que inspiraban una empatía como aquélla de Juan Ramón Jiménez y Platero: don Leocadio y sus bueyes iban al mismo compás, encorvados,  sin andares de medio ganchete.

   -¿Ya entendiste quién y qué fue el boyero?

   -Claro: don Leocadio. Práctico. Como su nombre lo indica.

   (De retirada, imaginamos que nuestro formidable Carlos Pellicer, en 1924, canta al boyero del pueblo: Hombre que aras la tierra/tan de mañana, tus bueyes vienen jalando/la proa del alba).

 

    

 

 



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