EL TABASQUEÑO

La eternidad


Héctor Tapia

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He visto el rostro de las mujeres que han pasado por la maternidad y encuentro en ellas un rictus ajeno a su niñez o juventud. Parir significa un golpe temprano de madurez envuelto en llanto y felicidad. No es sólo el dolor del parto, es el trance de la existencia. Cada mujer al dar vida vence a la muerte. Si ellas dan luz ¿quién la apaga? “Es la ley de la vida”, escuché muchas veces en estos días. También recibí por nueve días los sermones de un sacerdote ofreciendo ganar el cielo a cambio de nuestra conducta: Vivir con santidad, no mentir, ir dos o tres veces por semana a la iglesia para alcanzar al final de nuestros días el descanso eterno. ¿Y si no quiero la resurrección? Hace unos días escribí que había decidido no creer nunca más en el ‘paraíso’ y aunque fui formado como católico no creo en aquello de que al morir la persona no deja de existir, sino que su alma, temporalmente es separada de su cuerpo para ir al encuentro con Dios, para mi al morir todo termina. Curiosamente, sin saber qué me depararía el verano busqué a un autor para leer en vacaciones, encontré a Antonio Tabucchi, ampliamente recomendado por mi amigo Carlos Coronel. Como el destino —me niego a pensar que sea Dios— me ha dejado sin vacaciones y sin padre, apenas abrí ‘Sostiene Pereira’, una novela histórica, donde el protagonista es un periodista portugués católico pero incrédulo ante la resurrección de la carne, Tabucchi reflexiona con ironía en la novela usando una analogía: [Pereira el protagonista] tras leer en la portada del periódico ‘Lisboa’ la noticia «Hoy ha salido de Nueva York el yate más lujoso del mundo» se pregunta: “¿Cómo?, si resucito, ¿tendré que encontrarme a gente como ésta con sus canotiers arriba de un velero? […] Y la eternidad le pareció un lugar insoportable, con gente que habla en inglés y que brindaba exclamando: ¡Oh, oh!” Ante los dilemas que nos plantea la muerte sobre la existencia de la humanidad, o de si realmente estamos vivos o muertos sin darnos cuenta, una respuesta simple vino una noche, arrastrada, como la brisa del Grijalva, mientras conducía frente al CICOM. Una pareja joven, llena de esperanza se abrazaba con la mirada en una parada de autobús. Pienso entonces, sí, sólo el amor puede salvarnos mientras recorremos ese camino que tarde o temprano nos llevará a la inexistencia, a la muerte. ¿Y si en las iglesias en vez de darnos lecciones para ganar el cielo nos enseñaran a amar y a ser felices con plenitud, aquí y ahora, en este mundo?

 



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