RAIZALES

Las Quechas afanosas


Heberto Taracena Ruiz

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Hay grandes familias a las que se identifica con un sobrenombre que les sienta como traje a la medida. El concepto de GRANDE comprende a papás, hijos, nietos y, por qué no, yernos y nueras "en buen romance".

La costumbre a menudo tiene fuerza y buenas razones. Fuerza para congeniar con la tradición. Razones para hacer las cosas sin cuero y sin palo.

Casos abundan, si bien la memoria colectiva los diluye en olvidos; en desmemoria, pues.

No obstante, algunos hechos tienen defensa propia.

Fue el caso –vale repetirlo- de la familia iniciada por tres mujeres: Doña Lucrecia Fuentes y sus hijas Canducha y Carmela. Aquí la figura del papá nadie la probó ni para remedio.

Doña Lucrecia se ocupó en lavar ropa ajena y dar de comida a buen número de conscriptos y, entre semanas, al agente viajero y otros desperdigados.

En temporadas de lluvia, Doña Quecha procuraba llenar su tinaja de barro hasta el borde, aplicándole ceniza para obtener lejía con que dejaba las prendas impecables.

Las tres damas, de mediana estatura pero sendos espíritus de servicio, lucieron gigantes; encabezadas desde luego por Doña Lucrecia quien, por tan visible, empezó a ser nombrada cariñosamente Doña Quecha. Nombre que a poco tiempo fue extendiéndose, al grado de referirse a madre e hijas como Las Quechas.

Canducha procreó dos hijos: Manrique y Rita Quecha. Carmela a José Quecha. Rita casó y a su esposo la afición beisbolera le gritaba ¡Fili Quecha! Y así hasta llegar a uno de los mecánicos más honrados y capaces de Tabasco, Darwin Quecha, cuya mano fue solicitada por el señor Miguel Ramón Hechén y aún hoy por su hijo, Dr. Juan Miguel Elías Hechén, desde Villahermosa. Al Dr. Edén Moheno ya le arregló un desperfecto de su vehículo, y al Lic. Miguel Cachón, de igual manera, con un desprendimiento fuera de horario.



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