EL TABASQUEÑO

Ya ni modo


Héctor Tapia

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• ¿Dolor y agonía para llegar al paraíso?
• La traición de la vida: ser feliz, tener hijos y triunfar… para morir.
 
He decidido no creer nunca más en el "paraíso", ni el "descanso eterno", ni en todos aquellos consuelos piadosos que las religiones han elevado a dogma de fe.

¿Cómo aceptar que mi padre duerme "el sueño de los justos" después del sufrimiento que vivió antes de extinguirse de este mundo? ¿Quién puede pensar que alguien que pierde la vida tras una traumática y dolorosa agonía finalmente entrará a un sueño profundo lleno de paz?
 
¿Acaso la aerolínea que conduce al "descanso eterno" después del óbito obliga a sus involuntarios pasajeros a la turbulencia del dolor, de la agonía, a la humillación del moribundo que yace sin fuerzas? ¿Ser exhibido en su último aliento es la condición para 'aterrizar' en el cielo o el infierno?
 
Mi padre murió camino a un hospital sin camisa, en ropa interior, sin respirar. Ahogado por el EPOC. ¿Esa es la clase turista para llegar al paraíso?
 
Su dolor acabó convertido en polvo, extinguido para siempre de lo que llamamos vida. Sin pelo, sin piel, sin camisa, sin dolor, sin voz que comunique sufrimiento. Ya nadie le ve, ni le escucha. Desapareció, es partícula sin retorno. Menos que la muerte, es polvo.
 
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Ya ni modo, me dijo mi madre. Eran las dos de la mañana, yo había conducido toda la noche desde el momento en que un inoportuno teléfono nos puso a llorar a todos.

A mis hijos que se refrescaban en una alberca, la alegría del verano se les transformó en dolor, de pronto el alma también se mojaba aunque con lágrimas y llanto.

Ya ni modo, repitió de nuevo doña Lala, intentando convencerse de que nada más había por hacer luego que los médicos intentaron resucitar a mi padre dos veces en la sala de emergencias del hospital.

Ya ni modo, nos hemos quedado sin padre. Ya ni modo, mis hijos ya no tendrán abuelo con quien jugar. Ya ni modo, mis hermanos y yo sepultamos al hombre que nos hizo reír y sufrir en la infancia y al que perdonamos.

Ya ni modo, no tenemos de quien quejarnos por el malhumor.

Ya ni modo, no tenemos más a quien amar, a quien decirle que no importaba nada más que tenerlo junto a nosotros.

Ya ni modo, la vida ha traicionado a mi padre, le ha permitido el amor, la felicidad, el gozo, los hijos, los nietos, los triunfos, los bienes, los recuerdos, porque al final lo daba por muerto.

¿Acaso no todos estamos muertos ya? Aún cuando algunos no lo crean del todo.
 
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Siempre pensé, cómo Borges, que uno debía plantar su propio jardín y decorar su propia alma en vez de esperar a que alguien trajera flores. Creí, por lo tanto, innecesarios abrazos y palabras ante los golpes que da la vida. Ahora entiendo que ese cariño abona ese jardín. Mil flores abren sus pétalos fortaleciendo mi maltrecho corazón. Los abrazo.
 
 
 
UN ADAGIO: “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”/ JORGE LUIS BORGES

 



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