EL TABASQUEÑO

Gobernadores abandonaron a Villahermosa


Héctor Tapia

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• Los últimos 18 alcaldes hundieron a la ciudad

• Adán no debe dejarla en manos de Evaristo

 

Para nadie es un secreto que Vi­llahermosa está enferma. Aunque resulta difícil saber cuándo inició su imperiosa agonía, los sínto­mas del desastre están a la vista: cráteres ocupando vías, calles mal remendadas, señales y nomenclatu­ras que no llevan a ninguna parte.

Lo extraño de todo esto es que quienes aquí vivimos hemos aprendido a andar por la ciudad de ese modo, a esperar que se encienda el único foco que indica el ‘alto’ o el ‘siga’ en los semáforos; a cal­cular dónde empieza y dónde termina el carril de la calle no balizada; a preguntar para ubicarnos de al­guna dirección ante la falta de letreros confiables.

Nos hemos acostumbrado a subir con cuatro desconocidos en un ‘taxi colectivo’ que nos pasea por toda la ciudad antes de llevarnos a nuestro des­tino; a transportarnos en ‘combis’ o ‘vans’ conver­tidas en latas con sillas modificadas para que quepa más pasaje a costa de la seguridad. La anormalidad como paisaje surrealista. Vivir o sobrevivir en una ciudad alejada de servicios dignos. Con autori­dades indiferentes, que no bajan de sus tronos para entender los riesgos que conlleva la omisión de sus responsabilidades. El agua no clorada que causa enfermedades, los carriles no marcados que facilitan accidentes, los semáforos que arriesgan a conductores. La negligencia institucionalizada.

El Estado criminal no sólo es el que reprime, sino el que arropado por la anormalidad, se vuel­ve permisivo y cómplice.

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Técnicamente Villahermosa está quebrada desde hace 33 años, administrada por 18 presi­dentes municipales que la usaron sólo como un peldaño en sus aspiraciones políticas; los mismos años en que gobernadores del estado le voltearon la cara, dejándola a la suerte de políticos rapaces y sin creatividad. Desde entonces los servicios urbanos de la ciudad están muy mal.

 

 

El último gobernador que le puso atención a Villahermosa fue Roberto Madrazo, imitando a su padre, Carlos A. Madrazo, a quien se le re­cuerda más como un “gran Presidente Municipal de Centro” que como gobernador.

Antes, en los tiempos de la hegemonía priísta, el mandatario era quien hacía la obra pública de la ciudad, pues se consideraba a Villahermosa como un “espejo del Estado” y ante esa importancia se le cuidaba. El alcalde en turno no era más que un ad­ministrador que tenía como obligaciones principa­les mantener limpia la capital, recortar el césped de camellones y jardines, cuidar que funcionaran las luminarias y otra facultades menores. No más.

Don Leandro Rovirosa Wade y don Enrique González Pedrero fueron grandes guardianes de la ciudad, la procuraron, le construyeron obras monumentales: Tabasco 2000, pasos a desnivel, grandes bibliotecas, parques como el Tomás Garrido Canabal. ¿Qué sucedió después? Los gobernadores se desentendieron de Villahermosa, le dieron la vuelta pretextando autonomía muni­cipal porque su crecimiento la convirtió en una carga costosa y mejor dejarla en manos de otros. Al hacerlo la condenaron al estancamiento.

Hasta el 7 de diciembre de 2018 (si no se ha ampliado) el Centro tenía planeado gastar, según el Presupuesto de Egresos Municipal para el Ejercicio Fiscal 2019, en números redondos tres mil 411 millones de pesos, de ese dinero dos mil 717 millones de pesos son gasto corriente, es decir sueldos, rentas, automóviles, gasolina, viáticos, papelería y todo lo que representa mover al obeso ayuntamiento de más de tres mil trabajadores.

Los 694 millones de pesos restantes le quedan al alcalde para ocurrencias como lo de las albercas inflables de 10 millones de pesos, o el pago de es­pectáculos de luces que en cuatro días costó 5.3 mi­llones de pesos, o la última gracia: desembolsar 3.4 millones para llevar a pasear a 170 niños a la Ciudad de México, que no representan ni el 1 por ciento de la población estudiantil de sexto año en el municipio; y si acaso también para pequeñas obras como la infla­da reparación de los puentes de Tabasco 2000.

Ojalá el gobernador Adán Augusto López Hernández pusiera, como lo hicieron en el pasa­do grandes gobernantes del estado, su atención en Villahermosa. Que se convirtiera en el prin­cipal impulsor del crecimiento y desarrollo de la ciudad, más allá de celos políticos.

De no hacerlo, seguiremos viendo crecer a Méri­da, Tuxtla, Campeche, Veracruz y hasta Chetumal, por no mencionar a las grandes urbes instaladas en el corredor de la Riviera Maya. Sin el Gobierno del Estado invirtiendo en la capital del estado, seguire­mos siendo ciudad de segunda… o de tercera.

Lo viable sería recortar ese oneroso gasto co­rriente que consume el 79.65 por ciento del presu­puesto, pero eso no va a pasar: el ayuntamiento es hoy una gran agencia de colocaciones y un recorte agresivo significaría enviar a la calle a cientos de personas y generar más conflictos.

En vez de rescatar a alcaldes pillos como Evaris­to Hernández, el gobernador tiene que pensar en rescatar a Villahermosa, no dejarla a la deriva como lo han hecho los últimos cuatro mandatarios.

Buena señal ha mandado, por ejemplo, el anun­cio del rescate de los malecones con recursos fede­rales por 3 mil millones de pesos y la construcción, con recursos propios, del distribuidor vial de Guaya­bal. Esperemos que estas dos obras sean el principio de más proyectos. Villahermosa, que fue ejemplo de modernización a finales de los años setenta no debe seguir sola, a su suerte, sin el acompañamiento del gobernador. Sus habitantes no lo merecen.

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El daño a Villahermosa también ha sido político. Desde 1986 hasta la fecha, las 18 administraciones del municipio de Centro han tenido cinco interina­tos y un consejo municipal, así como una reelección, hasta hoy fallida.

Fueron administraciones truncas que no alcan­zaron a consolidar proyectos y que sólo utilizaron al municipio y a Villahermosa como escaparate para más tarde saltar como trapecistas a otras posi­ciones, guiados por sus ambiciones políticas. Por ejemplo Jesús Taracena Martínez, electo para el periodo 1994-1997 se fue al segundo año en búsque­da de una diputación y dejó como interino a Edgar Azcuaga Cabrera quien llegó a ver qué negocios hacía. Lo mismo ocurrió con Georgina Trujillo Zentella que no cumplió con el mandato de 1997-2000 y en el último año salió en la búsqueda de una Senaduría dejando como encargado al gris y desco­nocido Irvin Orozco Juárez. También movidos por la ambición de ser gobernadores Florizel Medina Pereznieto (2003-2006) se fue, dejando a José Antonio Compañ, ‘Don Galleto’; Jesús Alí (2009- 2011) partió por la candidatura del PRI al gobierno y puso al corrupto Cuauhtémoc Muñoz Calderas y qué decir de Gerardo Gaudiano Rovirosa (2015- 2018), quien no dudó tirar la ciudad para ir a perder contra Adán Augusto, pero colocando en su lugar a la inexperta Casilda Ruiz Agustín.

Todos le quedaron a deber a Villahermosa y a quienes en ella habitamos.

¿Seguirá nuestra capital expandiéndose como hasta ahora, sin un modelo de planificación urbana, generando todo tipo de problemas para sus habi­tantes? Quien gobierne la ciudad tiene que tener claro que es la gente la que importa, que son los ciudadanos y su calidad de vida lo que debe estar en el centro de sus decisiones. De no hacerlo seguire­mos extraviados, viviendo en una ciudad en ruinas, donde la anormalidad es lo más normal del mundo.

 

UN ADAGIO: “Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”. / (JOSÉ ORTEGA Y GASSET)

 

 



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