EL TABASQUEÑO

Villahermosa, ciudad de segunda


Héctor Tapia

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• Transporte: 40 años de fracasos y cobros abusivos.
 
• Ni calles nuevas, ni semáforos, menos distribuidores viales.
 
 
 
 
He vivido y padecido a Villahermosa a lo largo de mi vida, quizá tanto como muchos de ustedes, estimados lectores.
 
La he recorrido y aprendido a querer, con sus dolencias, con sus eternos baches, con su desarrollo truncado que al paso del tiempo la hace ver como una ciudad inacabada, atorada en el tiempo, inmóvil, salvo por aquel boom de franquicias a inicios del año 2000 que nos trajo tiendas y comida rápida a la que muchos llaman ‘modernidad’.

El primer recuerdo de mi infancia paseando por Villahermosa es desde el asiento trasero del Datsun 1976 que alguna vez tuvo mi padre. Recorríamos Paseo Tabasco con sus bellas casas residenciales, Gregorio Méndez que empezaba a ser invadida por el comercio, hasta llegar a la colonia Atasta y hacer parada en los panuchos de "Las Jirafas”.

Por la ventanilla del auto de mi padre fui descu­briendo el lugar en el que me había tocado vivir.

Más tarde, anduve las calles del centro en bicicleta y de ahí en una Vespa Ciao que a mis 15 años me hizo sentir la libertad de ir a cualquier parte sin pedirle permiso a nadie.

Conocí el transporte público de la ciudad una tar­de sobre la avenida Méndez caminando a casa de mi abuela, de pronto paró a un lado de mí, un enorme au­tobús con el frente parecido al de un delfín, a quienes subían le entregaban un boleto, me pareció ordenado.

Años después conocí la historia de aquellos ‘del­fines’, cuyo origen fue sacar del caos y ruinas en las que se encontraba en 1979 el transporte público de Villahermosa y que fue impulsado por el gobernador Leandro Rovirosa Wade, quien organizó a 26 de los 150 permisionarios que existían entonces en la ciudad para que formaran la empresa ‘Transportes Urbanos del Centro’ que adquirió 25 camiones modernos con un crédito de Banobras.

Aquel sería el primero de los tres intentos fallidos que en los últimos 40 años han intentado diversos gobiernos sin éxito. Según el libro ‘El Transporte urbano de Villahermosa, Tabasco’, escrito por don Jorge Manuel González Pérez, viejo transportista fallecido ya, el sueño de la modernización les duró apenas dos años, pues en 1981, cuando el Presidente José López Portillo declaraba la devaluación del peso, todo cambió para ‘Transportes Urbanos’.

La crisis que golpeó al país en aquel año elevó 70 por ciento el costo de las refacciones que eran de im­portación y los costos de mantenimiento igualmente se les dispararon, pero además las tasas de intereses de Banobras se elevaron causando el fracaso de la empresa.

El escritor González Pérez reseña que ante esa situación solicitaron al gobernador una revisión de las tarifas de acuerdo a un estudio hecho por un des­pacho, sin embargo el gobernador Rovirosa Wade nunca lo aceptó.

Años después llegarían los Saetas y luego el Trans­bús, ambos de similar historia de fracasos, aunque mezclados ya con historias de excesos y corrupción.

 

 

Como dato curioso rescato del libro consultado que tras la caída de los ‘delfines’, el Gobierno prác­ticamente obligó a los usuarios “a transportarse en coches de sitio (taxis) los cuáles volvieron servicio colectivo estableciéndose en lugar de los camiones en cada ruta”. Villahermosa es de las pocas, o quizá la única ciudad, donde a los taxistas se les permite realizar los incómodos, inseguros y abusivos servicios colectivos. Como vemos fue el propio gobierno quien lo incentivó y hasta la fecha lo sigue tolerando, po­niendo total desorden.

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Hoy, como hace 40 años, Villahermosa se encuen­tra sumido en el caos, invadido por camionetas vans de diferentes modelos, años y colores, sin reestruc­turación de rutas, sin choferes capacitados y con un sistema de transporte agonizando, el Transbús convertido en ataúdes verdes rodantes.

Cambiarle la imagen a Villahermosa no es sólo una cuestión de obras, de jardineras, de cambiar relojes florales, de reacondicionar el malecón. No. El trans­porte público es uno de los principales indicadores de una ciudad moderna, con sistemas de movilidad resueltos.

Por eso, hoy que la actual administración anuncia un incremento al transporte sin que venga acompa­ñada de algún plan o estrategia que compense ese nuevo costo, me parece una acción de poca sensibili­dad, sólo hay que subirse a una, la que sea, de las tan­tas unidades que mueven a los tabasqueños de a pie por la ciudad. Lo hacen como si movilizaran ganado y no personas. ¿Cómo se atreven a autorizar nuevas tarifas con un transporte hecho chatarra?

Hace un par de semanas en dos noches consecuti­vas utilicé el servicio de transporte. La primera noche decidí hacerlo llamando un radio taxi. A los pocos mi­nutos llegó un automóvil Tsuru quizá modelo 2000, en muy malas condiciones. El chofer no podía subir del todo las ventanillas de la unidad pues un fuerte olor a humo se metía del escape, el chofer durante todo el trayecto puso a todo volumen y sin ninguna consideración música de los Pasteles verdes o algún género similar, al final, en un viaje no mayor a un kilómetro cobró 40 pesos. La siguiente noche decidí hacer el mismo viaje por Uber, en pocos minutos estaba arriba de un auto subcompacto nuevo, aroma­tizado, con un chofer amable, escuchaba la radio a un volumen moderado, fue una experiencia totalmente agradable y su tarifa dinámica fue de 30 pesos.

¿Cómo es posible que un servicio ilegal ante las autoridades, como lo es Uber, nos ofrezca un servicio extraordinario, mientras que el servicio legalizado ante los ojos de papá Gobierno sea tan pésimo, con chatarras rodando que amenazan nuestra salud, nuestra integridad y nuestro bolsillo?

Que alguien me explique.

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No quiero ser ingrato con la ciudad que me vio na­cer, pero de la que un día me sentí orgulloso, poco que­da. Aunque en mucho han contribuido, no podemos culpar de todo a los malos gobernantes que el estado y esta ciudad han tenido, también nosotros somos res­ponsables de sus males, los cuales hemos tolerado sin respingar. Como ahora mismo lo hacemos aceptando un aumento al pasaje sin exigir un transporte digno.

Somos corresponsables de los baches, de la co­rrupción, del tráfico, de la falta de infraestructura y desde luego de la contaminación de nuestras lagunas y espacios vitales.

Usted recuerda amable lector ¿cuándo se constru­yó la última calle, avenida, puente o distribuidor vial nuevo en nuestra ciudad? Le refresco la memoria: Fue entre 1996 y 2000, en el gobierno de Roberto Ma­drazo, cuando se alzaron el puente de Ruiz Cortines que pasa sobre el monumento a Andrés Sánchez Magallanes y el paso a desnivel de Javier Mina. Fá­cilmente han pasado 19 años sin que ninguna nueva obra de esa envergadura se realice en Villahermosa.

¿En qué se ha ido el dinero desde entonces? En albercas inflables de diez millones como las que puso Evaristo en la Semana Santa pasada, en espectáculos como el de luces para celebrarle un aniversario más a Villahermosa con un costo de entre 5.3 y 9.4 millones de pesos. En mucha, mucha muchísima burocracia, tanta que alcalde intentó derribar el palacio porque dice que ya no entran.

Somos culpables todos. Los ciudadanos por elegir a políticos corruptos y sin idea de lo que es gobernar y ellos, por traicionar a su propio ciudad, sin pensar que será el espacio de sus hijos y nietos. Si vemos en pers­pectiva el antes y el ahora de Villahermosa, quizá la reconozcamos, pero con extrañeza. ¿Esta es la ciudad que estaba llamada a ser?

Grandes profesionistas, empresarios, poetas y escritores dejaron un legado sobre esta tierra que hoy hemos dilapidado. Hemos olvidado que la ciudad es propiedad de las y los ciudadanos. No tiene dueños absolutos. El derecho a la ciudad dictado por la ONU-Habitat así lo reconocen y ello significa tener la posibi­lidad de una vida digna para todos los habitantes, con especial énfasis en las personas vulnerables.

Aún podemos reconstruir nuestra ciudad, resca­tarla a base de trabajo, conocimiento y esfuerzo, para que así, algún día tengamos el Gobierno y la ciudad que merecemos.

¿Cuándo empezamos?

 

UN ADAGIO: “El único medio seguro de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es destruirla.”/ MAQUIAVELO



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