RAIZALES

Doña Juana Soledad


Heberto Taracena Ruiz

Somos, por decir, parte de lo que hemos sido. Usted lo sabe. Yo lo sé. Pero ello tiene sus bemoles, dijo un maestro de música. No hay presente sin una migaja de pasado. ¿Y qué?

Lo que hoy traigo es parte pasado y parte presente. La proporción podrá darse entre quién escribe y quién lee.

Doña Juana Soledad de Dios vivió sola pero no. Siempre guardada por las benditas ánimas del purgatorio y de vecinos que en noviembre le respondíamos: ¡Ruega por ella…o por él! Fue la rezadora más cadenciosa de Cunduacán.

-¡Ay Dios de mi alma, tatitas –decía-. No se persignen, pues!

A cada palabra del Rosario metía un suspiro hondo, de ultratumba. Ecos que a niños y adultos parecían absorbernos.

Fue así que Doña Juana Soledad de Dios hizo la vida de entonces y supo hacernos sentir otras vidas, junto a la de la Ánima Sola en lugar apartado de la Cruz de Velas de unto y hormiguitas que no faltaban alrededor de éstas.

El ambiente aquél era de penumbras y sin embargo de pensamientos bien claros. Cómo. Vea…No había luz eléctrica. Por lo común, el candil de petróleo o a lo mucho el quinqué desde el esquinero de la sala. Y en ese mundo secreto, como a fantasmas en la media sombra, Doña Juana Soledad hablándonos de "Las Tortolitas del Viejo Simeón", y nosotros, creyendo…¡Ruega por él! Por si fuera poco, ella vestía casi enlutada: enagua abajo de la rodilla, adornos negros, redondos, rebozo, zapatos del mismo color, pequeños, medias pajizas, delgadas, como patas de gallo de la tierra.

La familia De Dios llegó al pueblo hará eso de doscientos años. Don Antonio de Dios GUARDA, autor del mejor zapateo, El Tigre, GUARDA memoria de ello; y no menos el expresivo Lic. Jesús Ezequiel de Dios, sangre de betas cunduacanas. De esa arraigada cadena genealógica provenía doña Juana Soledad, orante incansable, sentimental: el tono de su voz menuda que no sólo se comunicaba con nosotros de acá sino a seres del más allá...rogando por ellos.

-Ay, Dios de mi alma, tatitas… No se persignen, pues!