EL TABASQUEÑO

Norma, huachicol y violencia


Héctor Tapia

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• La Chontalpa: Reportear en zona de ´guerra´

• Sarabia, ¿su asesinato un daño colateral? 

 

Si la salida de Jorge Aguirre Car­bajal puede ser entendida como el fracaso de la estrategia inicial del nuevo gobierno estatal en su promesa de abatir la inseguridad en un período de seis meses, el asesinato de la periodista Norma Sarabia es la revelación más clara de que la violencia en el estado no sólo se sigue agravando, sino que ahora ha trastocado otros tejidos ajenos a los propios círculos de la delincuencia.

La inseguridad que aqueja a Tabasco golpea desde dos frentes: uno, el de la delincuencia co­mún que mantiene en la mira a pequeños nego­cios, tiendas de conveniencia, transeúntes, autos y casas, y otra más organizada que es financiada con la extracción y venta ilegal de combustible, ingresos que les permiten crecer y armarse, al grado de poder hacerle frente a autoridades fede­rales en cualquier refriega.

Esta última es una gran detonadora de violencia y responsable de otros ilícitos como son el trasiego y venta de droga, la extorsión a comerciantes y ganaderos, así como el secuestro, todos delitos que tienen su origen en la venta del huachicol.

El periodismo es una obligación con la socie­dad, una sociedad con más frecuencia desampa­rada en medio de gobiernos estatales y municipa­les cada vez más corruptos y cínicos, criminales desde el Estado. La muerte de Norma sin duda es una tragedia, pero no sólo porque era una perio­dista, sino porque era un ser humano.

 

 

Norma conocía por su trabajo a todos los policías y muy posiblemente a algunos crimi­nales de Huimanguillo y cuando en 2014 ella presentó una denuncia en la delegación de la entonces Procuraduría General de la República (PGR), fue ignorada, y hoy que ha sido asesinada, las reacciones y acciones de las autoridades me hacen entender que lamentablemente su muerte también es ignorada.

Mientras la delincuencia se extiende en Huimanguillo, el fenómeno de la censura y la au­tocensura producto del miedo y la intimidación se apoderan de reporteros de toda la región, una delincuencia que parece dividirse el estado, la co­mún, centrada principalmente en las cabeceras municipales y las ciudades de Tabasco.

La otra, la de las células organizadas, ha sentado sus dominios en zonas más rurales, por ejemplo como las que operan en un corredor de seis villas y rancherías de Huimanguillo que van desde Villa Estación Chontalpa (colindante con Chiapas) hasta la zona de Pejelagartera (cercana a Veracruz), áreas abandonadas durante muchos años por las autoridades y que hoy son territorios donde prácticamente mandan los grupos delin­cuenciales que allí operan.

Tres factores son preponderantes para que la delincuencia de alto impacto haya sentado sus reales en comunidades de la región de la Chon­talpa (Cárdenas, Comalcalco, Cunduacán, Paraíso y Huimanguillo): 1. Albergan el 77.8 por ciento del total de la infraestructura petrole­ra en Tabasco; 2. La fácil conectividad fronteriza por tierra y agua con estados vecinos de Veracruz y Chiapas y, 3. El establecimiento de rutas por donde se trafican ilegales y drogas.

En un contexto así, el asesinato de la perio­dista Norma Sarabia puede ser considerado un daño colateral, apenas la punta del iceberg de algo más grande y profundo que amenaza con podrir a Huimanguillo y a toda la Chontalpa: la impunidad con la que estos grupos se han asen­tado en toda esta zona, considerada en el pasado como el granero de Tabasco y que hoy es un territorio comanche donde a duras penas pueden entrar las autoridades.

En regiones así donde el estado de derecho es inexistente, ejercer periodismo se ha vuelto imposible, peligroso al extremo, tanto como reportear en una zona de guerra, o me atrevo a considerar que peor por lo nebuloso que puede ser distinguir quiénes son los buenos y quiénes son los malos, dónde empieza la autoridad y dón­de los criminales, quién trabaja para quién, o si de plano todos son socios y están embarcados en los mismos negocios.

Ahí se movió Norma Sarabia Garduza y lo hizo con valentía, ganándose el respeto de todos, fue una sobreviviente durante muchos en medio de una ‘guerra’, un caos que tarde o temprano convierte en víctima a quien no debía.

Desgraciadamente el horror no se limita únicamente a este caso y muy lamentablemente tampoco termina hoy con su asesinato. En la semana me tocó recibir llamadas de autoridades federales y estatales, elementos de fiscalías y comisiones de derechos humanos que inician investigaciones o relatorías que nunca concluyen nada. Pero hay que justificar los sueldos.

Estadísticas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos dicen que la impunidad en los homicidios de periodistas es de 90 por ciento. Me pregunto: ¿De cuánto será para el resto de la sociedad?

Descanse en paz Norma Sarabia Garduza.

 

 

UN ADAGIO: “Leyes hay, lo que falta es justicia”. / ERNESTO MALLO

 



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