LA MANO DE D10S

Juventud y egos


Barrilete Cósmico

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› La pelota mundialista está rodando desde ayer, en Polonia. Se trata de la Copa del Mundo Sub20 en la que participa nuestra esperanzadora selección nacional, siempre cargada de ilusiones y, unas veces más que otras, de buen juego colectivo.
 
Y México tuvo la fortuna de iniciar desbarrándola contra la selección italiana que, eso sí, no era una perita en dulce según su historial de subcampeón de Europa. El “Tricolorcito” fue superado en todo: juego colectivo, presión alta, intensidad y aplicación táctica. El problema es que fue exhibido hasta en el plano individual, ese que en momentos aciagos debe aflorar para levantar los ánimos, pues sus jugadores dieron muestras de que tienen distintos objetivos personales y que estos están por encima del bien común: José Juan Macías, empecinado en hacer su gol nunca quiso combinar con nadie de cara a la puerta; el paisano Diego Lainez, fuera de ritmo y “timing”, extrañamente sin recursos, tratando de ir al choque para mostrarle al árbitro que los rivales se aprovechaban de su ventaja física. Se vio sin ideas, impotente, molesto, e incluso golpeador.
 
“Allá donde asciendo me sigue un perro llamado ego”, decía el flósofo alemán Friedrich Nietzsche. Sólo Misael Domínguez buscó la asociación, pero no encontró siquiera un pedazo de ladrillo con el que intentar una pared. Y para colmo, el joven director técnico Diego Ramírez (“La juventud es una enfermedad que se cura con los años”, decía el escritor irlandés George Bernard Shaw) no supo, no solamente cómo parar a los italianos, sino que jamás entendió cómo apaciguar los egos de la ofensiva nacional y unirlos en torno al equipo.
 
Ramírez tiene una difícil misión: Compactar al grupo y hacer que entienda (sobre todo Macías y Lainez) que si quieren que sus bonos suban, necesitan que México mejore en todo, y eso incluye la dinámica de ataque.
 
Gracias a Raúl Cortés y Tabasco Hoy por permitirme elucubrar y (aún mejor) escribir estas cortas líneas hechas con mucho cariño para ustedes, lector-lectora queridos. Aquí comenzamos.


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