RAIZALES

Bestia de leña


Heberto Taracena Ruiz

Lo que se vive no se olvida. Nuestros viejos lo cuentan sin mosquearse. Su lenguaje, tan compartido, lo hacen entender a la medida de sus necesidades.

En los patios urbanos y rancherías menudeaba de todo. Incluso, al lado de la casa hubo la costumbre de dejar un portón de dos metros de ancho para que en su momento el jinete entrara con todo y bestia, librando la vivienda. Bestia se nombra al caballo de carga, seguro de trasegar fangales y no atorarse. Patrones y caballos muy de aguante, adaptados a mosquitos y nauyacas que igual que hicoteas a la fresca de sauces asomaban por aquí y más "allaíto".

Las bestias probadas llevan de lado a lado parihuelas, dentro de las cuales iba un sinfín de cosas generalmente de poco peso. Vaya, hasta la ropa de la señora de la casa.

Pero las hay resistentes para la carga. Así es que se les fija sobre el lomo un aparejo de que el campesino aprieta el cincho hasta pujar fijando uno de sus pies sobre la panza.

La gente todavía de los años sesenta diferencia entre una cuerda, una carga y una bestia de leña.

La cuerda de leña tuvo la extensión de por lo menos dos metros de ancho por dos metros de ancho, sin medirla pero a golpe de vista lograba forma cuadrada.

La carga de leña consistía en aquel peso que el campesino pudiera llevar a sus espaldas, casi a trote. La bestia de leña se encargaba a quien tuvo la previsión de acomodar sus cuerdas para tiempos de agua, protegidas con pencas de guano, a cambio de cuatro o cinco pesos. De preferencia madera bien seca, de guácimo o cocoite, que la leña húmeda hacía llorar con el humo a la dama del fogón.