EL TABASQUEÑO

Tabasco, el edén que no fue


Héctor Tapia

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• Un simple mote que nunca se hizo realidad

• Bacalar, Mahahual y Tulum: paraísos rentados
 

 

Huí de Villahermosa como desesperado. Tomé mi camioneta y manejé largas horas buscando dejar atrás el bullicio, la monotonía, la tristeza en los rostros de tanta gente, el miedo, la decepción, el chisme, el calor que ya no se disfruta como antes, el desempleo, la grilla, la palabrería de los políticos que no cumplen, el robo cínico de los alcaldes y el silencio cómplice de los empresarios, la hipocresía y la ingenua esperanza que siempre se niega a morir...

 
Todo quedó atrás por unos días. Puse kilómetros de distancia. Salí de las profundidades, miré la luz de la luna y del sol desde la superficie. Oxigené pulmones y pude observar que la realidad o la cotidianidad que vivimos no es más que un micro clima dañino que nosotros mismos hemos construido. Por eso hoy, en vez de disfrutar la ciudad, la padecemos. En vez de caminarla, la andamos de prisa.
 
Son escasos los espacios públicos aprovechados, y su lugar lo ocupan hoy las plazas comerciales, los cines, los bares, los antros. Encareciendo la vida o haciéndola inaccesible para las familias. El micro clima que hemos creado ha dañado todo en la ciudad: los servicios públicos esenciales, culturales, de urbanidad, de recreación familiar, de infraestructura...
 
Todo se ha quedado pequeño dentro de ese micro mundo de corrupción en el que vivimos. Echar un ojo fuera de lo habitual me permitió refrescar en la memoria que más allá del ‘vuelva pronto’, hay un ‘bienvenido’, con un México distinto. Por ejemplo, hay un auténtico paraíso instalado a lo largo de toda la Riviera Maya que hace palidecer a aquello de que ‘Tabasco es un Edén’, un simple mote que nunca aprovechamos para hacerlo realidad.
 
 
También me queda claro que mientras hayan auténticos empresarios, visionarios, dispuestos a invertir y desarrollar su entorno, las ciudades o los estados pueden crecer, ser atractivos para el turismo y sus propios habitantes, aún teniendo en contra a cualquier gobierno por ruinoso e incapaz que sea, pero si, por el contrario, tenemos empresarios cómplices del poder y que sólo esperan hacer negocios a costillas de éste, seguiremos condenados al pantano.
 

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Por el otoño de 1976 realicé uno de tantos viajes familiares por automóvil a Chetumal. A la media noche mi padre emprendía la travesía a la que entonces era una zona libre de impuestos y que atraía a los tabasqueños a comprar perfumes, ropa de marcas y equipos electrónicos introducidos de ‘fayuca’ al país.
 
 
Esta cercanía creó incluso una oportunidad de negocios para algunos que terminaron instalando aquel ‘pasaje’ comercial que hasta hoy conocemos como ‘Chetumalito’. Aunque años más tarde todo terminó, cuando en 1993 el gobierno de Salinas de Gortari firmó los primeros acuerdos comerciales que permitieron la libre importación de mercan- cías, lo que más tarde se transformó en el TLC.
 
 
Siempre me sorprendió la ausencia de semáforos en las calles de Chetumal, una ciudad tranquila, donde el olor del mar y la brisa me hicieron sentir feliz.
 
 
Ahora me pregunto: ¿Qué habría pasado si el puerto de Santa María de la Victoria [Hoy Frontera] siguiera siendo la capital del estado? ¿Qué desarrollo económico, político y social tendríamos hoy si en vez de huir de los piratas hacia San Juan Bautista [Hoy Villahermosa] los poderes de Tabasco hubieran resistido a orilla del mar?
 
 
 
Otro Tabasco seríamos sin duda, otra sociedad, el mar no sólo fue y sigue siendo la gran puerta de entrada y salida al comercio y al turismo, el mar abraza con su magia, cura, relaja. Sólo hay que mirarle el rostro a los costeños para mirar la paz del alma.
 
 
Años más tarde, a principios del siglo XX, reafirmamos aquel histórico error al darle la espalda al mar para siempre y mirar todo el tiempo hacia el tren y las carreteras. Incluso ahora hemos levanta- do una muralla que ha desaparecido el paisaje del río Grijalva.
 
 
Hoy Chetumal sigue siendo aquella ciudad de mis recuerdos. Aún conserva su tranquilidad. La gente disfruta de muchas maneras el largo y fresco malecón que corre a la orilla de su bahía. Ha crecido sin duda, como toda ciudad, pero no ha perdido la paz, esa que quien no la tiene añora tanto: caminar por las noches de brisa fresca, o simplemente poblar el parque principal, mientras niños juegan y corren sin miedo, viviendo su ciudad con alegría, eso, no tiene precio.
 
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Bacalar es un imán de turistas ávidos de habitar en el edén aunque sea por algunas horas y olvidar las tortuosas ciudades en las que les ha tocado vivir. Esta preciosa laguna de 54 kilómetros de extensión me parece enigmática por la composición de azufre del agua, por los estromatolitos que la oxigenan y por el suelo calcáreo, muy parecido al de la arena blanca en la Riviera Maya.
 
 
Pude conocer a extranjeros que decidieron dejarlo todo en Italia, Canadá o Argentina y asentarse en este cachito de paraíso, donde la magia está en el agua y no en la tierra. Tabasco también está lleno de agua, de vegetación y naturaleza, ¿por qué la belleza de los Pantanos de Centla no ha despertado la misma pasión en esta gente?
 
Cosa distinta es Mahahual, un pequeño pueblito de pescadores a la orilla del mar Caribe que se encuentra a 104 kilómetros de Bacalar y que en los últimos cinco años se ha ido llenando de sencillos hoteles alejados de todo lujo, en muchos casos, sin aire acondicionado, con pisos de arena y enclava- dos a la orilla de un pintoresco malecón que los separa de la playa, otro cachito de cielo que hace feliz a cualquiera:
 
 
Como a Brina, la mujer italiana que desde hace cinco años conoció este lugar y decidió quedarse ahí para siempre. Hoy junto a su esposo, también italiano, venden cuadros elaborados con piezas de plástico halladas en el mar y recicladas con las que forman ingeniosas figuras de especies marinas.
 
 
Según vas subiendo sobre este corredor turístico todo se va volviendo más comercial, aunque siga disfrazado de turismo sustentable. Tulum es prueba de ello, aquí la moda es lo que ellos llaman ‘Eco chic’, que traducido a nuestra realidad, es ofrecerle a sus visitantes (en su gran mayoría extranjeros) una experiencia rústica, de contacto con la naturaleza, alejados de la modernidad pero a precios desorbitantes. Los ricos queriendo sentirse como pobres.
 
 
Finalmente pienso que hay mujeres y hombres, viejos y jóvenes, libres de toda atadura, que han encontrado la gloria, el nirvana, el vergel que a todo creyente se le ha prometido y deciden echar raíces, ser felices viendo cada amanecer y atardecer en este trozo de cielo.
 
 
Y hay otros, como yo, que decidimos volver, porque no hay tesoros en la tierra que valgan, y bien dice el Evangelio (Mateo 6, 19-23): Acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho los destruyen, ni hay ladrones que perforen las paredes y se los roben; porque donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón.
 

 

UN ADAGIO:

“Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”. / ÍTALO CALVINO, CIUDADES INVISIBLES

 



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