RAIZALES

La chicharra de mayo


Heberto Taracena Ruiz

El Samán por ahora no cabe de contento: atendiendo en sus ramas la fina orquesta de las chicharras de mayo.

Cada escena multiverde goza de una amalgama de sonidos, algunos con tanto impacto como el que concierne a cacaotales a distintas horas del día, por la tarde o la noche.

Caminar dentro de una arboleda de cacao en la oscuridad nos ubica dentro de cadencias que emiten las hojas secas, iluminadas de cuando en cuando por los cocuyos.

Ahora que durante el día, la Pea insiste en que la llamemos por su nombre, igual, para no quedarse atrás, el Pistoqué, el Pijul, el Pimpín…

Aunado a lo anterior, sobre todo al amanecer y por las tardes, iniciada la primavera, misteriosos animalitos de tres o cuatro centímetros, ovalados de pies a cabeza, empiezan a salir debajo de la tierra, por lo menos de medio metro de profundidad, donde fueron concebidos, para trepar al árbol de cacao, de chipilín o de moté, dejando a cierta altura el formato transparente y blanquecino de su organismo.

En seguida empieza la Chicharra de Mayo a que me estoy refiriendo, a manejar su batuta sola o acompañada en un sonido penetrante que captamos a la distancia como de veinte metros, succionando del árbol la savia que parece llovizna al tiempo que ella sigue en su tono y los campesinos sintiendo caer en sus hombros el frescor de la brizna.

El hombre, a quien ya queda muy corto el calificativo de depredador, viene extinguiendo a la Chicharra de Mayo con insecticidas que la hacen más rara de aparecer, como era, antes de que el quinto mes del año empiece, mes de donde la gente le dio nombre.