Altavoz

Tabasco, el paraíso perdido


Fabiola Xicoténcatl

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LOS SERVICIOS PÚBLICOS EN LA ACTUALIDAD EN EL ESTADO SON UN ASCO, Y LO QUE LE SIGUE.
 
Se añoran en Tabasco los días de quietud y ambiente solaz; los días de fraternidad donde los vecinos y familia convivían y platicaban entre sí, con sus mecedoras y sillones en la banqueta de la calle hasta altas horas de la noche, mientras los niños en el patio practicaban toda clases de juegos.
 
Qué días aquellos en que era común en la calle escuchar los ¡buenos días, buenas tardes o buenas noches! Cuando los caballeros en el autobús, combi o taxi se paraban para cedernos el asiento como señal de cortesía.
 
Esos tiempos de ‘vinos y rosas’ donde se manejaba con educación y amabilidad. Nadie se pasaba un alto, cuando los conductores privados o de transporte público detenían su unidad antes de la raya peatonal, no invadían carriles.
 
¡Ahhh, que época! Cuando las calles de Villahermosa eran impecables y los presidentes supervisaban personalmente su ciudad, cuando caminaban en el centro, en Los Portales, en Juárez, en Madero, en Pino Suárez y Constitución; cuando hacían recorridos a pie por las colonias, ejidos, villas y rancherías. Cuando las calles no estaban tan destartaladas, tan abandonadas. Cuando los presidentes eran líderes sociales y autoridades de respeto, trabajaban por su pueblo y no estaban tan “tirados al catre”. Los servicios públicos son un asco y lo que le sigue.
 
Cómo se extrañan esos tiempos cuando la Zona Luz estaba toda “enchulada”. Cuánto hemos cambiado los tabasqueños. Duele admitirlo pero el paisano ha dado un giro en forma radical a su conducta. Se ha vuelto egoísta, majadero, vulgar, arroja basura a la calle, con lenguaje florido de cañería, como decían las abuelas.
 
Sólo oiga el léxico de los estudiantes y universitarios de hoy en día. Los conductores del servicio público en la calle son el terror. Sus abusos desmedidos han ocasionado tragedias enteras y han enlutado hogares completos.
 
Nadie los frena, nada los detiene. Como en el Viejo Oeste. ¡Sálvese quien pueda! Ya no hay risas alegres, ya no hay felicidad en el pueblo. Al contrario, cunde el desencanto, la amargura. En la era digital, de las comunicaciones y telecomunicaciones, del Internet y las redes sociales, por increíble que parezca, los ciudadanos estamos más solos y abandonados que nunca. 
 


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