RAIZALES

Aporreando frijol


Heberto Taracena Ruiz

Sin hacer mojigangas, cachi ni porras, pero a todo lo que dieran sus pulmones, Celedino fue aprovechándose del viento sur para quitar vainas a los frijoles y cáscaras a granos de café.

Por el mes de marzo, a buena hora, el labriego tendía sobre alfombrilla la manta de henequén entre avisos de ráfagas que daban respuesta a sus hábitos.

Celedino nunca tuvo reloj de pulso. Tampoco lo había de pared en casa. Vaya, ni radio de acumulador. Tiempo de candil. Pero fue acertado a tal punto que si decía a las diez, era a la diez. Así tuvo cita puntual con las corrientes de aire. Sabía cuál era la mejor temporada para aporrear frijol o café. El arroz, dale con el pilón dentro del hondo mortero.

El viento y Celedino compartían la cita que enseguida resultaba en una ceremonia al aire libre.

Primero, extraía la manta de la bodega. Luego, cogiéndola entre sus manos se echaba a cuestas el cargamento de quince o veinte kilogramos.

Tendía la manta de esquina a esquina.

Pongamos, el frijol quedaba a metro y medio de sus brazos. Luego, a la dirección del viento aporreaba duro y macizo.

Ya quitado el producto de la vaina, el palo de jobo a un lado, aventaba los granitos a cierta altura. El viento haciendo lo suyo. El frijol caía de nueva cuenta sobre la manta mientras que la broza dispersa volaba fuera de ella. A la vuelta de una hora, trato hecho, y ya Celedino tenía su faena cumplida, los granos limpios de polvo y paja.

Hubo minutos en que el viento se agazapaba, guardando un silencio que él entendía, esperando volverse con paciencia.

Al silencio del viento, Celedino correspondía pregonando a voz en cuello:

Leeencho, Lencho, Lencho, Lenchoooo…!

Y el viento, obediente, hacía las paces con el lugareño, igual que viejos, según fórmula, tomando posesión de su casa.