RAIZALES

Deseos de Parturienta


Heberto Taracena Ruiz

(PRIMERA PARTE)

Como quiera entenderse, para la señora en estado de gravidez eso de tener deseos, de parte de ella o su esposo -quien más, quien menos-, no es cosa de la perrita, ni de achacarlos a berrinches de la criatura en ciernes.

Los usos y la vieja familia así lo infundían a la descendencia, quienes, para bien, han prolongado, por cierto, hábitos y costumbres hasta nuestros días…

La madre no tiene que predisponerse, por supuesto. Se dice que a cualquier hora del día o la noche le pueden despertar deseos inaguantables de comidas o bebidas, a veces no posibles de conseguir.

Algunas personas de buena fe atribuyen el hecho más a la criatura que a la madre, y es enseguida que tratan de complacer a ésta pues, caso contrario, el producto podría traer las consecuencias que aseguran haber pasado no tan de antes.

Cuentan que la señora, a quien sentaba muy bien el embarazo, que respondía al nombre de Fulana, experimentó deseos glotones de comer pato. Su petición lucía casi como de vida o muerte. Le convidaban puchero, mondongo, frijol con puerco, y no: ella deseaba comer pato pero en chirmol. Sucede que nadie la asuntó. Transcurridos los meses, al nacimiento del niño, su partera puso los ojos cuadrados cuando trasteó que el recién nacido tenía los bracitos roñosos, semejantes al pescuezo del pato.

Y así, creyendo o reventando, todo mundo comenta que al presentarse deseos repentinos en algunas parturientas, en previsión de otras usanzas que veremos luego, familiares cercanos y vecinos tratan de complacerla, por si acaso…

CONTINUARÁ