RAIZALES

Al Palo, al palo, al palo a doña Chepa Olán, vecina de patio.


Heberto Taracena Ruiz

Para mediados de la estación de otoño, las noches tempraneras, a las seis de la tarde, ocupaban todos los patios y nos perseguían como aquel Sol de Monterrey de que habla el ilustre mexicano Alfonso Reyes, que "Saltaba de patio en patio, se revolcaba en mi alcoba." Así las noches aquéllas parecían acurrucarse con nosotros.

Allá por los años cincuenta, había la costumbre de que los animales de pluma, gallos de la tierra y de castilla, gallinas y patos, durmieran arriba de un "palo".

Palo se llamaba a los árboles de naranjo o de guayabo que ofrecían sus ramas a los animales domésticos. De patio en patio, como haciendo coro, las voces de las familias vecinas entonaban casi entrada la noche: ¡Al palo!, ¡al palo!, ¡al palo…! Expresión que era, también como un eco que iba y venía. Y entonces los "animalitos", obedientes, volaban con derechura a las ramas porque el instinto les decía que allí estaban más protegidos del zorro y la comadreja. Enseñaban los abuelos que el tronco del palo fuese rodeado de una o de dos "latas de manteca" –abiertas según el grosorpara que los carniceros visitantes, sobre todo en las noches de llovizna o de chaparrón, tuvieran más dificultades de encaramarse y los plumíferos avisaran, como era frecuente, de tal suerte que el "hombrecito" de la casa pudiera salir a la defensa con un garrote o un rabón en mano.

No éramos tragaldabas ni de pollos ni de huevos de granja: todo era criollo, y casi llegaba el blanquillo, calientito, de las "intimidades" de la gallina al plato del estómago.

Hoy como que estamos aturdidos. La televisión, el celular, twitter, facebook, whatsapp, nos llaman: ¡al palo!, ¡al palo!, ¡al palo!..., ¡y qué paliza nos ha sobado! Hay que revisar los tiempos. Las conductas. Preguntar al pasado, sin vanidades, para que el presente trasiegue correcto en el laberinto que nos hace caminar a empellones, avanzar a duras piernas.