EL TABASQUEÑO

Retrato político de Arturo Núñez


Héctor Tapia

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Cuando un amigo me propuso como tema para este espacio intentar escribir un retrato político de Arturo Núñez, antaño un personaje brillante y admirado, no me imaginé que la tarea fuera difícil y que tuviera un inconveniente: hallar a alguien que destacara sus rasgos más positivos.

Sorprende cómo la imagen de Núñez Jiménez -más allá del desgaste usual de cada gobernante- dio un dramático giro en seis años. Hoy, casi todos a los que busqué han destacado más sus fallos, tapando al personaje querido y respetado.

¿Qué sucedió con Arturo Núñez en estos seis años de gobierno? ¿Cómo un hombre con su preparación y trayectoria termina en condiciones lastimosas? ¿Acaso se trató de un político sobrevalorado? ¿No supo dar el brinco de un funcionario público secundario a líder?

Estas y otras interrogantes son las que me han movido a intentar descifrar los porqués del final de una era que todos veían promisoria.

Este intento de retrato político está divido, en lo que a mi juicio son las cuatro grandes etapas de la vida de don Arturo Núñez Jiménez: 1. Juventud, en la cual se forja profesional e intelectualmente; 2. Sus inicios en la función pública y la política; 3. El estadista ya formado; y 4. La gubernatura.

Veamos.

 

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Más allá de la prominente nariz alargada de Arturo Núñez -su principal característica física-, bajo ese copetillo al estilo de los años 50, se esconde un cerebro penetrado por una inteligencia fascinante, labrada desde muy joven con un alto espíritu de competencia, acostumbrado a ser siempre el número uno de la clase.


Así lo demostró desde sus estudios en la secundaria Rafael Concha Linares, donde a la par de sus clases impartía ortografía y gramática en la academia 'Juan T. González'. En esos años de formación académica, fue director fundador del periódico 'El Clarín' y presidió la Asociación Cultural de Estudiantes de Preparatoria (ACEP), donde al mismo tiempo dirigía 'Presencia', una revista de difusión estudiantil.

Era tan reconocible la carrera académica del gobernador que, mientras cursaba la licenciatura en economía por la UNAM, fue nombrado representante del doctor Juan José Beaurregard Cruz, entonces rector de la UJAT, en la Ciudad de México, y al graduarse, lo hizo con honores al ser nombrado el primer lugar de toda su generación.

A la par de su preparación profesional, Núñez también iniciaba su inquietud política junto con otros jóvenes tabasqueños radicados en el entonces Distrito Federal. Corría el año de 1969 y se encontraban cerca las elecciones para gobernador en Tabasco.

En una charla con don Juan José Rodríguez Prats, él me platica cómo le propone a varios jóvenes de entre 21 y 23 años crear un grupo político, al que deciden llamar el Círculo Tabasqueño de Estudios (CITE), al cual se integra Arturo Núñez Jiménez. Ahí también participan Humberto Mayans Canabal, Chelalo Beltrán, Carlos Pineda Calcáneo, Mabel Zurita, Celia García Félix, Rogelio Castañares, entre otros.

 

Rodríguez Prats habla de que su inten­ción era que El CITE realizara un proyecto que pudiera ser presentado al candidato de relevo al gobierno de Tabasco, Mario Trujillo García, con quien sentía amplia identificación. Núñez participa en la creación de ese documento con un ensayo sobre la educación en Tabasco.

 

Ahí, ese año, nace una nueva generación de po­líticos tabasqueños, una generación que 30 años después sería bautizada por el columnista Mario Ibarra como la Generación Perdida, debido a que en la competencia por ascender en candi­daturas y puestos, todos terminaron peleados y muchas veces, metiéndose el pie unos a otros.

 

Rodríguez Prats me aseguró que fue él quien llevó a Arturo Núñez a la política, pues éste se inclinaba más por la docencia, y en aquellos años planeaba seguir sus estudios en Europa, pero Prats le abre la puerta al presentarlo con don Mario Trujillo, quien sería gobernador de Tabas­co de 1971 a 1976.

 

Trujillo confió en Núñez al que llevó a las gran­des ligas de la política tabasqueña, ahí iniciaba su travesía profesional, un viaje que lo llevó por dis­tintos rumbos y latitudes a lo largo de casi 50 años.

 

 

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Corría el año de 1971, el joven y soltero Arturo Núñez se desempeñaba como director técnico del presupuesto en la Secretaría de Finanzas del gobierno de Mario Trujillo. Este muchacho de dieces, acostumbrado a com­petir, había dejado atrás el complejo de ser el número uno en la clase, pero había adquirido otro, uno más acorde a su nuevo camino, pero calladamente riesgoso para su personalidad: El síndrome del pistolero tejano.

 

No es que Núñez se sintiera en aquellos años un justiciero como en el viejo oeste nor­teamericano, ni que se creyera uno de aquellos célebres cowboys como ‘Crazy Clay’ o ‘Sun­dance Kid’ en busca de nuevas aventuras.

Núñez le gustaba competir contra otros funcionarios, en una especie de ‘duelo’. La primera víctima de este complejo o síndro­me del pistolero tejano (el propio Arturo se asumió así ante varios amigos cercanos) fue José Eduardo Beltrán Hernández, con quien mantuvo una fuerte rivalidad en el gobierno de Trujillo, y ésta inicia cuando el gobernador decide nombrar a Arturo como su secretario particular ‘A’ y a Chelalo como su secretario particular ‘B’.

Coinciden tres de mis entrevistados en que Núñez Jiménez, hombre disciplinado, bri­llante y ordenado se va ganando la confianza de Trujillo, convirtiéndose en funcionario clave del gobernador, mientras Beltrán queda opacado, relegado, hasta que finalmente decide renunciar. Me aseguran que Chelalo salió demolido por Arturo, el pistolero tejano.

 

Un paréntesis: Fue en esos años que Arturo decide casarse con la joven Martha Lilia Ló­pez Aguilera, luego de que el político sostuvie­ra un breve noviazgo con la bella y respetable Pollys Quintana, el cual no prosperó.

 

Convencido Trujillo de las capacidades del joven Núñez, lo vuelve a promover, lo con­vierte ahora coordinador general del Comité Promotor del Desarrollo Socioeconómico del Estado de Tabasco (Coprodet), un importante programa de gran proyección y aprendizaje po­lítico, y remata el sexenio como vocal ejecutivo del Programa de Inversiones Públicas para el Desarrollo Rural (Pider).

 

Terminado su gobierno, Trujillo sigue sien­do generoso con Núñez, le pide al entonces se­cretario de Gobierno de la regencia capitalina, Manuel Gurría Ordóñez, lo nombre subde­legado de Cuajimalpa; el personaje recorre la delegación y queda decepcionado del lugar y de la encomienda. Acude entonces a un personaje que conoció mientras fue parte del Consejo Directivo del Instituto Nacional de Adminis­tración Pública (INAP), Ignacio Pichardo Pagaza, quien en 1977 se desempeñaba como subsecretario de Hacienda.

 

Quiero mencionar que Núñez estuvo vinculado por muchos años al INAP donde no sólo estudió, sino además impartió cátedra, esa es quizá la razón por la que a su llegada como gobernador decide darle gran impulso al IAPT.

 

Pichardo Pagaza lo nombra jefe de la Uni­dad de Control de Gestión de la Subsecretaría de Ingresos de la Secretaría de Hacienda. El pistolero tejano Núñez decide darle las gracias a don Mario Trujillo por la invitación a Cuajimalpa, pero el ‘cowboy’ había decidido tomar otro camino.


 


 

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La carrera política nacional de Núñez creció velozmente dentro del sistema político priista; tiempos del presidencialismo, del deda­zo, de la hegemonía priista, ese era la esceno­grafía donde se movía Arturo con soltura.

 

De 1978 a 1997, este tabasqueño caminó por todos los escalones que la burocracia federal le permitió: Desde coordinador de estu­dios administrativos de la Presidencia de la República, director de desarrollo político de la Secretaría de Gobernación en 1987, hasta convertirse en subsecretario de la misma Segob en 1991.

 

Además, Núñez hizo desde 1969 toda una carrera en el PRI, donde desempeñó varios car­gos, entre los que destacan: Director del CE­PES en Tabasco; más tarde, entre 1981 y 1987 se desempeñó en el CEN priista, primero como secretario particular de Adolfo Lugo Verduz­co, entonces presidente nacional del partido, y más tarde, secretario adjunto a la presidencia y secretario de capacitación política.

 

Núñez escogió el camino largo para llegar a la cumbre del poder político de su estado, prefirió la meritocracia, ganarse el espacio, formarse en la fila y esperar turno.

 

Así fue que siguió escalando. Curiosamente, él formó parte de las negociaciones impulsadas por el propio sistema político que sufría ya de un fuerte desgaste de credibilidad y que, para darle mayor apertura y seguridad a los proce­sos electorales en el país, impulsó las reformas constitucionales que dieron pie a la creación del IFE, instituto que le tocó dirigir al propio Núñez.

 

Y digo curiosamente, porque precisamente el sistema se estaba debilitando, el poder pre­sidencial perdía fuerza, las formas para elegir candidatos y hacerlos ganar iban cambiando y la meritocracia que había recorrido Núñez ya no pesaba igual. En ese ‘lejano oeste’ de la política había nuevos pistoleros, más violentos y dispuestos a arrebatar guber­naturas.

 

El tabasqueño pasó por Infonavit en 1994, regresó a Gobernación como subsecre­tario entre 1995 y 1997, parti­cipó en la ciudadanización del IFE y la creación del Sistema Integral de Justicia Elec­toral. Todos sus cargos, todo lo que operó Núñez durante 19 años, lo hizo con red de protección, siempre con el respal­do de sus jefes, hasta ese momento Artu­ro había llevado una carrera de funcionario público, de burócrata federal sin un liderazgo propio.

 

En julio de 1997, Núñez Jiménez deja la burocracia y decide incursionar como diputado federal, donde es usado por Zedillo como Presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cáma­ra de Diputados.

 

Lamentablemente para nuestro persona­je, al finalizar el sexenio de Ernesto Zedillo, colapsa el viejo sistema priista, ese al que tantos años y méritos había dedicado. Las reglas habían cambiado, se guardaba el dedazo presidencial, venían otros tiempos y Núñez ya reclamaba su turno para ser gobernador de Tabasco.

 

 

••• 4 •••

 

Como bien escribe Manuel Vicent en uno de sus espléndidos artículos dominicales en El País, la vida tiene una estructura dramática, con planteamiento, nudo y desenlace, cuyos éxitos, fracasos, felicidad o desdicha, los decide el azar, al margen del almanaque.

 

Está demás contar toda la historia de cómo Roberto Madrazo utiliza a Manuel Andrade para descarrilar a Arturo Núñez en el 2000, pero sí es importante marcar el momento, porque este golpe demoledor llena de rencor al pistolero tejano.

 

Desmoralizado de su talento, desmoralizado del sistema al que sirvió tantos años, Núñez Jiménez deja todo en el camino: nombre, pres­tigio, abolengo priista y se ve en la necesidad de buscar a Andrés Manuel López Obrador, al mismo que combatió desde Gobernación, al que incluso agredió al ordenar un desbloqueo. A él se le atribuye el mote de ‘industria de la reclamación’ al movimiento social que iniciaba AMLO en aquellos años. Pero Andrés Manuel no es rencoroso, y lo hace senador y después gobernador.

 

Mientras finalizo este artículo, siete pro­testas simultáneas coronan la despedida de su gobierno, exigiendo pagos que en números redondos rebasan los siete mil millones de pe­sos, algo que el propio Núñez criticó con furia a su llegada: “A ésos no les espera el disfrute de rentas mal habidas: les espera todo el peso de la ley. Les espera la cárcel”.

 

Para muchos, esas palabras y las que posteriormente utilizó en contra de Granier, son un termómetro que per­mite medir el talante con el que arribó al gobierno: Con un discurso iracundo, lastimado, con un gran resentimiento, buscando canalizar ese odio en ven­ganza, lo cual lo termina distrayen­do. Hoy ante los resultados, se puede concluir que Núñez llegó tarde al poder y sin la pasión de gobernar. Quizá 2001-2006 era su verdadero tiempo.

 

¿Es Núñez un gran exponente de la Generación Perdida? La res­puesta es toda una contradicción: No lo es, porque finalmente sí llegó al poder, pero al mismo tiempo sí pertenece a ese grupo porque al arribar al poder no resolvió los problemas de su gobierno, y ratificó el fra­caso de su generación

 


 

 

 
 
UN ADAGIO: “En el pasado, aquellos que locamente buscaron el poder cabalgando a lomo de un tigre acabaron dentro de él”. / JOHN F. KENNEDY

 



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