Grupo Canton
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Director Miguel Cantón Zetina
Sus padres estaban separados.

Visitó a su mamá y luego se ahorcó

Un infante de 11 años se ahorca en su casa con una lía. No deja carta póstuma. Toma la decisión cuando estaba solo.

REFORMA, CHIAPAS.— Em­manuel y su hermanita Rubí vol­vieron el viernes al domicilio de la calle Margaritas, en la colonia Juan Sabines Gutiérrez. Habían ido a pa­sar unos días a la casa de su mamá, Guadalupe. Y sería la última vez que, al menos, Emmanuel visitara aquella casa.

Sus padres tenían siete años de separados y compartían la custodia de los chicos sin aspavientos: unos días se la pasaban con doña Gua­dalupe, y otros regresaban a la casa del papá.

El padre, de 57 años, se había entregado más a la iglesia, y cuan­do vio llegar a sus hijos los abrazó, como siempre hacía. Les pregun­tó cómo les había ido, qué habían hecho. Rubí apenas si paraba de hablar, contando todo lo que ha­bía hecho con su madre. Cuando le tocó el turno a Emmanuel, apenas si dijo que se la había pasado bien. Después se sumió en un silencio que nadie notó extraño.

Anteriormente era el que enca­bezaba los juegos para entretener a Rubí, o el que la ayudaba en las tareas de la escuela. Pero última­mente una apatía le había agriado el humor, que ya no jugaba más con su hermanita.

Luego de escucharlos, el padre les hizo saber que iría a la iglesia para ayudar en los preparativos del culto religioso que se avecinaba. Se anudó sus botas pesadas, abotonó su camisa de cuadros y se despidió de los dos niños.

«Cuida a tu hermana, Em­manuel. Regreso al rato», dijo al cru­zar la puerta.

 

NO DEJA CARTA DE DESPEDIDA

La casita era de una sola habitación y el techo era de lámina de asbesto. No estaba a orilla de calle sino que para salir había que cruzar por un camino estrecho hasta topar la banqueta. Un limonero custodiaba el camino car­gado de frutos azucarados.

Para no aburrirse, Rubí salió al pasillo a jugar bajo el limonero. En ese momento en que Emmanuel se quedó solo, sacó una lía debajo de unos cajones y comenzó nerviosa­mente a hacer un nudo, cuidando que no entrara su hermanita y su plan se frustrara.

En la completa soledad de los sui­cidas, sin un amigo con quien hablar, Emmanuel acabó resignado de ha­cer el nudo. Luego comenzó a lanzar la cuerda para que cruzara una de las vigas de la casa. Así estuvo un rato, intentándolo y fallando, pero en la que había dicho que sería la última, lo logró. El cordón cruzó la viga y se meció frete a sus ojitos asustados.

Desde donde estaba le llegaba la voz de su hermanita hablando sola con sus juegos.

Jaló una silla de madera vieja y la puso debajo de la cuerda. Se subió sin ningún problema a ella y se cruzó el nudo alrededor del cuello. La ten­só bien y sin vacilar empujó la silla hasta que cayera.

La hermana que estaba jugando escuchó bajo el limonar la tensión que provocó el cuerpo de Emmanuel sobre la viga. Pensó que probable­mente su hermanito había descolga­do la hamaca, y siguió jugando.

Cuando se aburrió de jugar sola entró al cuarto. Todavía vio el cuer­po de su hermanito meciéndose de un lado a otros. Gritó de horror. Y sa­lió corriendo de la casa en busca de su abuelita, que vivía cerca de donde estaban.

La abuela toda temblorosa dio aviso al padre y a la madre de Em­manuel, y se acercó a la casa de los muchachos acompañada de Rubí, que iba llorando. El área estaba ya acordonada. Más tarde peritos de la procuraduría dieron fe del levanta­miento del cadáver. Madre, padre, abuela y hermana pusieron velas en el sitio donde Emmanuel decidió quitarse la vida, sin dejar ninguna carta póstuma.