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Comalcalco

Virgen de la Asunción, víctima del crimen

Un joven ex convicto vacía las alcancías del Santuario. Cámaras lo delatan. Regresa a tutelar.

Elementos de la Policía Municipal, se trasladaron hasta la iglesia para recabar la información de los hechos, así como solicitaron los videos de seguridad.

COMALCALCO, TABASCO.- La misa del martes 13 de octubre, en el Santuario de Cupilco, em­pieza con un canto muy pegojoso: «¡Qué alegría es venir a la casa de Dios, qué alegría es participar del pan de Dios!».

El párroco, ataviado con una hermosa capa verde, preside el atrio, adornado con una docena de ramos de flores. El hombre de Dios usa un tapaboca, pero se es­cucha muy bien cuando informa seriamente a los feligreses lo ocu­rrido la víspera anterior: «Queri­dos hermanos, vamos a empezar esta Santa Misa con una mala noticia: ¡se metieron a la iglesia y asaltaron las alcancías! La gente pone allí sus ofrendas, que a veces sirven para pagar los gastos que hay en el mismo templo… traba­jadores, luz».

El hombre de túnica blanca se detiene unos segundos, medita mirando al techo antes de decir: «Da un poquito como de coraje, de impotencia, hay gente que ve la crisis y todavía no se compa­dece». A continuación, el párroco dedica la misa a los enfermos y a algunos familiares de la zona.

 

JOVEN VUELVE  AL MAL CAMINO

El párroco que da la misa, el lunes 12 de octubre, en el Santuario de Cupilco, dedica el servicio religio­so a todos «los enfermos, los en­carcelados, los migrantes…».

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Sentado en una de las ban­cas está un muchacho que no parpadea cuando oye al párroco decir «encarcelados». Apenas si se acuerda de sus antiguos com­pañeros de celda, que no hace ni una semana dejó de ver.

Jóvenes de la misma edad que él o un año o dos mayores, pero de los que hay que cuidarse siem­pre sino quiere uno acabar en el suelo, humillado.

El muchacho ha volteado a ver discretamente los santos que custodian el templo, no le intere­sa mucho saber quiénes son, úni­camente los mira porque debajo de ellos, están las monedas que los feligreses depositan en una ranura de la alcancía.

Se da cuenta que las de ambos lados están a rebosar de mone­das, una cantidad fuerte y a solo unos cuantos pasos.

En vez de seguir al párroco que ahora ofrece el perdón por todos los pecados, el muchacho trama un plan para llevarse el di­nero de la Virgen de la Asunción a sus bolsillos.

Cuando acaba la misa, escon­de su cuerpecito detrás de uno de los pilares. El sacristán no lo ve cuando cierra por fuera con un candado la última entrada al santuario.

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El ingrato joven espera un tiempo parando la oreja hasta cerciorarse que ya no hay ningún paso cerca. Entonces echar a an­dar su plan.

Las alcancías ceden fácil­mente con una apretada. Sus manos van sacando toda la ofrenda dada. Se pasa a la otra imagen con la otra alcancía. Todo le resulta fácil, incluso la salida. Abre una puerta lateral y no voltea a ver atrás.

Cuando las cámaras de segu­ridad revelan quién es el ladrón, los pobladores se juntan, arman de valor y lo atrapan. El párroco al ver que se trata de un menor de edad, opta por mandar a llamar a la madre del muchacho.

La progenitora, una mujer hu­milde y creyente, se disculpa con el padre y la comunidad, cuen­ta que su hijo tiene una semana fuera de la cárcel, pero ella ya no puede con él, así que pide que lo encierren en el tutelar. El destino del ladrón está sellado.

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