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El Tabasqueño

Villahermosa es un frutero

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  • Tierra bañada por agua y sol que entrega abundancia
  • Pensar y comer… o los alimentos y el karma

 

Por sus calles, desde largos brazos, cuelgan mangos verdes, amarillos, anaranjados o rojos granates. Una tarde vi caer frente a mí uno de esos magníficos manjares, se estrelló contra el pavimento, me hizo voltear y reconocer la abundancia de frutas que esta tierra bañada por agua y sol nos entrega en absoluta bondad.

En cada esquina, como las flores de primavera, nances, ciruelas y almendras criollas, enseñan el don de la abundancia que nos recuerda que vivimos en el paraíso, que aquí nadie morirá de hambre, que no hay serpiente del pecado original y hoy, que prácticamente cada acera es un tianguis, faltan manos para cosechar montones de frutas que cuelgan de los árboles en varias zonas de nuestra ciudad.

Desde mi niñez, nunca había contemplado un mango en su estado natural y éste que casi me golpeó —como la manzana de Newton— era de color amarillo-verde con pequeñas pecas rojas, al estrellarse se partió en dos y observé a otros más estropearse, una lluvia de la fruta sacrificando su pulpa ante la pereza y desinterés de los citadinos que pasan junto a ellos sin verlos, faltos de asombro ante la naturaleza.

El momento me trasladó a 1976, cuando en el verano mi palomilla y yo nos la pasábamos arriba de los árboles [Los Macacos, nos apodábamos] jugando, platicando y mordiendo almendras amarillas. Braulio, Julio, Moncho, Vidal y Jorge, cambiábamos de árbol y de manjar sin darnos cuenta de lo felices que éramos mientras nos columpiábamos en las ramas, nunca nadie cayó ni se lastimó afortunadamente.

La Villahermosa de mi infancia era un rancho. Aunque vivía en pleno centro de la ciudad y habían quintas arboladas que nos permitían ir de «safari» abriendo brecha a como podíamos entre el camalotal para «cazar» iguanas y lagartijas, mientras, asombrados, descubríamos en la maleza viejos pozos de agua clausurados, una pequeña choza donde seguramente alguna vez vivió algún capataz, pero que las leyendas de la calle, decían habitó una bruja solitaria y mala.

Sobre Cuitláhuac y Dos de Abril había un enorme árbol de mango, bajo su sombra una vez me partieron en dos un trompo, otro día me fui feliz con una bolsa de canicas ganadas, era punto de reunión obligado. El «mangón», a como le llamábamos, tenía un enorme tronco, tan grueso que ni cinco niños agarrados de la mano lográbamos rodearlo. Cuando la calle Cuitláhuac se pavimentó, uniendo a Zaragoza y Dos de Abril, nuestra selva, es decir, todos los terrenos de alrededor, empezaron a convertirse en casas, edificios y tiendas. La mañana de un lunes cuando una cuadrilla de obreros y un enorme trascabo empezaron a derribar el viejo «mangón», supe que había pasado el tiempo y mi niñez.

Para las seis de la tarde el centenario árbol ya era leña, como las leyendas que don Álvaro —quien vivía ahí asentado con su familia y era de oficio tintorero— nos contaba en las noches de verano sobre el longevo arbusto, recuerdo aquella en la que nos aseguraba que en lo alto de su copa vivía un duende y que por la madrugada, de sus misteriosas ramas salían extraños ruidos, que nunca nadie comprobó.

Hoy, algunos de esos antiguos árboles han sobrevivido, están dispersos por las colonias de la ciudad, que también nacieron de viejos ranchos y que hoy aún nos regalan frutos, como el mango, el chinín, el jinicuil, la carambola, el limón, la almendra, el nance, la ciruela, la guanábana, que tienen su época de cosecha y que hoy se desperdicia en calles y banquetas ante la mirada absorta de hombres y mujeres que acuden cada semana al súper a comprarlas y comerlas cortadas y en un plato a como manda la civilización.

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Dicen los gastroenterólogos que antes de deglutir cualquier alimento debemos masticarlo 50 veces por bocado para facilitarle a nuestros jugos gástricos el trabajo y evitarnos a la vez que el reflujo y la gastritis nos hagan pasar malas noches. Pero esta recomendación médica debería se también filosófica, pues si antes de consumir los alimentos le pusiéramos atención a su origen, al trabajo en la siembra de la calabaza criolla del puchero o del pequeño ganadero que esa mañana no tuvo más opción que matar su vaca y venderla para salir de apuros, esto nos ayudaría a pensar mejor en lo que comemos.

Meditar comiendo nos haría imaginar qué solitario hombre habrá amasado la harina mientras deposita sus tristezas en la tortilladora que ha elaborado la tortilla que ha llegado a nuestra mesa mientras nos alimentamos de su nostalgia. Si una receta prodigiosa no es suficiente sin las manos de una buena cocinera, ¿el karma de un agricultor podrá llegarnos en forma de una deliciosa pera o naranja? Pensar que detrás del chuletón almorzado en la tarde hubo tal violencia que el cerdo lloró mientras se le iba el último aliento de vida, no nos daría el mismo gusto al deleitarlo con unas papas al horno y ensalada.

Cada fruta, cada pieza de pan, cada alimento que probamos tiene detrás una larga historia que muchas veces no imaginamos. En mi última cita el gastro me ha preguntado si me imagino qué pasa cuando la lechuga italiana baja por mi esófago y cómo me provoca inflamación, pero lo que a mi en realidad me ha preocupado es imaginar qué me pasará cuando toda aquella nostalgia del tortillero solitario entre por mi torrente sanguíneo y forme parte de mi. ¿Pensar comiendo o comer sin pensarlo?

«El que puede cambiar

su pensamiento,

puede cambiar su destino»

ESTEPHEN CRANE

 

 

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