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Director Miguel Cantón Zetina
Miguel de los Ángeles Cortázar

Venció al Covid pese a la diabetes e hipertensión

“Pero Dios en su infinita misericordia me regaló un soplo más de vida. Estoy infinitamente agradecido con mi familia”.

Miguel de los Ángeles Cortázar, originario del municipio de Cár­denas está agradecido con su fa­milia, sus amigos y hermanos de fe, pero sobre todo con Dios, por­que como él lo dice: “Dios en su infinita misericordia me regaló un soplo más de vida”.

A sus 32 años, con padeci­miento de diabetes e hiperten­sión, logró vencer al coronavirus en su casa.

Su familia fue un pilar impor­tante para vencer la enferme­dad, pues le daban ánimo de vida cuando sentía que la muerte me­rodeaba en su cuarto.

En entrevista con Grupo Can­tón señala que el tratamiento incluía antibióticos, —me los po­nían directos a la vena.

Afirma que no lo hospitaliza­ron, que la enfermedad la supe­ró en su vivienda, pero tuvo que conseguir todo, incluida la renta de un tanque de oxígeno.

Señala que desafortunada­mente para enfrentar esta enfer­medad hay que tener dinero y por lo mismo mucha gente muere, por la falta de dinero.

 

—¿Qué se siente ser un pacien­te Covid?

Es algo que no se lo deseo a na­die. La agonía de no poder llevar el aire a tus pulmones hace que tu mente te haga una mala jugada y pienses en el peor escenario que podría pasarte.

Siendo diabético, hipertenso, pensé que no la iba a librar, por­que por más que quería respirar el aire, de la garganta no bajaba.

Pero Dios en su infinita mise­ricordia me regaló un soplo más de vida.

Estoy infinitamente agradeci­do con todas las personas que no me abandonaron, que me apoya­ron, con mi familia.

Algo bueno en sus vidas hice para merecer tanto amor, apoyo y sinceridad. Esta enfermedad es un calvario.

 

—¿Cómo te contagiaste?

No lo sé. Yo estaba en cuarente­na en casa por mi trabajo, pues como lo dije tengo hiperten­sión y soy diabético.

Fue de la nada. Empecé con un dolor de cabeza, can­sancio, pero el 6 de junio caí, ya mi cuerpo no aguantó.

Del 6 de junio hasta el 18 empecé a tener mejoría, que fue la primera vez que me le­vanté de la cama.

Pero una semana anterior me empecé a sentir mal.

Ahorita puedo caminar de mi cuarto al baño. Me agito un poquito, pero ya estoy mejor que antes.

Sigo tomando medicamentos orales y los naturales.

En casa nada más me con­tagié yo, para la buena fortu­na de todos mi familia no se contagió.

Cuando estaba en cama siempre usaba cubreboca, guantes, gel antibacterial y mantenía una sana distancia cada vez que se acercaban a la puerta para atenderme.

 

—¿Te hospitalizaron?

Afortunadamente no fui hos­pitalizado, fui atendido en casa por mi familia.

Me dolió mucho ver a mi her­mano al pie de la cama, que llo­raba y me suplicaba que luchara, porque todavía faltaban muchas cosas por hacer.

En mi cuarto tenía una olla. La golpeaba varias veces y mi familia se asomaba por la puerta. Era un medio de comunicación que de­cidimos emplear para avisar que necesitaba la presencia de ellos.

 

—¿Cómo fue que libraste al co­ronavirus?

Cuando yo caigo en cama logra­ron levantarme y me llevaron a una Farmacia Similar, donde la doctora me dijo que tenía una in­fección en la garganta.

“Te voy a dar un leve trata­miento”, me dijo, pero no me sirvió porque por las noches no respiraba, por lo que mi familia llamó a un enfermero particular para que me atendiera.

Desafortunadamente con esta enfermedad todo es dinero.

Todos los antibióticos me los ponían directo a la vena; había que conseguir el oxígeno, por lo que se rentó un tanque, un ma­nómetro en 5 mil pesos. Luego el oxígeno no me duraba mucho.

Para enfrentar esta enferme­dad hay que tener dinero, y por esa causa mucha gente que se contagia y se pone grave se queda en el camino, precisamente por la falta de dinero.

Hoy no tengo palabras para expresar mis más sinceras gra­cias a todos los que estuvieron pendientes de mí; sus mensajes de ánimo, las llamadas al telé­fono de mi hermano, su ayuda humanitaria, pero sobre todo, sus oraciones. No hay poder más grande que la oración y la miseri­cordia de Dios.

 

—¿Qué mensaje le das a las personas?

Que hagan conciencia, que cui­demos a nuestros adultos ma­yores. Y que de verdad tomen su sana distancia y todas las medi­das sanitarias.

Aunque digan que está uno loco, porque a cada rato tienes que lavarte las manos, pero uno que ya lo vivió esto sabe que es real y que existe.