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Una cuaresma existencial

En la tradición bíblica, la cuaresma se vive en el desierto. Cuarenta años que el pueblo de Dios caminó por el desierto antes de la tierra prometida, también cuarenta días que Jesús vivió en el desierto, antes de iniciar su ministerio. El desierto es soledad y silencio, es austeridad e incomodidad, es el lugar en el cual el hombre se encuentra consigo mismo, sufre la tentación, pero es el lugar favorable para encontrarse con Dios.

Estamos por cumplir un año de haber llegado la pandemia a nosotros; posiblemente pensamos que no llegaría, pero no fue así, fuimos sometidos a vivir una cuaresma existencial que no queríamos y la vivimos creyentes y no creyentes, pobres y ricos. Recluidos en nuestras casas, salas de cine, centros de diversión, plazas comerciales cerradas, proyectos de viajes suspendidos, cancelados los abrazos y fiestas, forzados al uso de la mascarilla, en muchos momentos las ciudades parecían abandonadas y miles de familias han tenido que estar en duelo por aquellos familiares y amigos que murieron solos en un hospital. Una cuaresma que aún no termina.

Como sucede también con la cuaresma litúrgica, los que se ponen la ceniza, pero no la viven, no entran en estado de desierto, así sucede con esta prueba. Si, por una parte, este tiempo nos enseña qué tan frágiles somos los humanos que en un momento podemos desaparecer de la tierra, por otra, hay quienes no aprendemos y seguimos en una actitud soberbia de mirar al prójimo con indiferencia, egoísmo, se continúa la violencia social e intrafamiliar.

El sufrimiento nos enseña que somos creaturas mortales y que únicamente el Dios vivo y verdadero es quien nos sostiene en la existencia, y muchos continúan rindiendo culto y fabricando ídolos falsos en la lucha por el poder, en el desorden de los placeres y en la posesión ambiciosa del dinero a costa de lo que sea.

Todos tenemos la misma dignidad, pero nuestra calidad humana se mide por los valores morales que hemos cultivado, por nuestra capacidad de amar y de darnos a los demás desinteresadamente. Todos queremos que esta cuaresma existencial toque a su fin para celebrar la vida, pero se hace necesario evaluarnos y constatar si la pandemia nos está ayudando a crecer en nuestra calidad humana, de lo contrario, nuestra presencia en el mundo seguirá deteriorando la tierra.

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