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Un año

  • El extraño día que llevé a vacunar a mi madre
  • Paciencia, el aprendizaje que dejó la pandemia

Aquella mañana —cualquiera del año 1980— quedó grabada en mi memoria como una de las pocas impresiones infelices de mi infancia, que dichosamente viví con la libertad de un niño de aquella época, explorando arriba de un árbol o jugando béisbol en plena cuadra con los amigos que se reunían a disfrutar un mundo bueno, divertido y feliz, como solo puede verlo alguien de nueve años.

Pero esa mañana mi madre nos había advertido a mi hermano Jorge y a mí que saldríamos, así que pidió que nos arregláramos, yo con pantalón largo, playera y tenis, y mi hermano de seis años con short, playerita y tenis. Como yo era el «niño grande» de la casa, doña Lala me dijo en voz «quedita», casi al oído: «vamos a llevar a vacunar a tu hermano, pero no le digas nada porque ya sabes cómo es con las agujas».

Conocedor de la «verdad», emprendimos hacia el Centro de Salud «Maximiliano Dorantes», mi sonrisa cómplice lo decía todo, en el camino pensaba en Jorge, lo que iba a llorar cuando lo pincharan. Toda la espera la jugué en el patio interno que había al centro del viejo edificio de salud, corrí con mi hermano, que reía sin saber lo que le esperaba.

Cuando tocó el turno, mi madre nos llamó y pasamos al consultorio, yo observaba al pequeño «Cochita» que empezaba a llorar, mientras, entre la ilusión del juego y los momentos de incertidumbre como este, yo iba tomando conciencia de mi ser, de mi propia existencia, entendía el sentimiento de culpabilidad, había sido cómplice al llevar con engaños a vacunar a mi hermano.

Con lo que no contaba es con lo que después dijo doña Lala:

—A este niño también vacúnelo -asestó mi madre, señalándome, yo sentí un hueco en el estómago, confundido reclamé que yo no estaba en los planes, pero las mamás se hacen expertas en sobrellevar a los hijos y engañados a ambos nos había conducido al «matadero de las vacunas».

Cuarenta años después, en otra mañana, ahora de un miércoles 17 de marzo de 2021, conduzco muy temprano sobre la prolongación de la avenida Javier Mina, a mi lado va mi madre, y aún con el cubrebocas puesto puedo ver en sus ojos la preocupación. «La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida», escribió Rubén Blades en una canción con sabiduría popular. ¿Quién esperaría hace un año que un bicho pusiera de cabeza al mundo y amenazara con matarnos?

«Una esperanza reaviva otra esperanza» (SÉNECA)

Pero la vida trae cosas que no esperas, y ahora soy yo quien lleva a mi madre a vacunarse y es ella y no yo o mi hermano quien va preocupada. «¿Cómo te sientes mamá?», le pregunto en el camino.

«Tengo miedito», me responde, y cómo no, con tanto que se ha dicho sobre las vacunas en estos meses, pero llegado el momento doña Lala se muestra valiente, acerca el hombro a la ventana del vehículo mientras la filosa aguja calibre 21 transporta los 0.3 mililitros de dosis Pfizer que han resultado de mezclar 9 miligramos de cloruro de sodio para disolver el biológico.

Esta vez nadie lloró, los dos sonreímos tranquilos, al saber que doña Lala recibió una primera dosis de ese piquete que promete darnos esperanza de seguir adelante en esta vida.

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La paciencia es el mejor aprendizaje que ha dejado la pandemia para un mundo que hasta hace poco se definía por la prisa, alentada por la inmediatez tecnológica que vivimos, donde todo corre a gran velocidad: las comunicaciones, el comercio, las transacciones, las noticias…

Lo que pensábamos que sería una «cuarentena» por el Covid-19, terminó convirtiéndose en una espera de 12 largos meses que nos obligó a desarrollar más esta virtud, que según el diccionario de la Universidad de Oxford se define como la «capacidad de sufrir y tolerar desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas, con fortaleza, sin quejarse ni rebelarse».

Nos ha tocado esperar como modernos Noés encerrados en nuestras arcas mientras pasa la tempestad. Tras un año del primer caso de Covid-19 en el estado, nadie imaginó lo que ha ocurrido desde aquel 17 de marzo a la fecha, en la que hemos perdido —hasta ayer— a tres mil 880 abuelos, padres, tíos, hermanos, amigos, esposos, hijos, cifra que revela la peor pesadilla vivida en Tabasco, ¡ni en todas las inundaciones juntas hubo tantas pérdidas humanas!

En la reflexión de si esta desgracia es resultado de una tragedia inevitable mundial o causa de decisiones negligentes, podemos pensar que es producto de ambas, pues como sabemos ahora el virus SARS-coV-2 se desplazó con una rapidez que obligó a todos los países a improvisar estrategias mientras se iban dando cuenta de la dimensión real del daño.

Claro que también hubo decisiones negligentes, compartidas diría yo, entre los gobiernos que entendieron tarde a lo que se enfrentaban y los ciudadanos que no creían en la gravedad del bicho.

Tabasco fue de los estados con el peor inicio de la pandemia, pues hubo dudas sobre qué medidas restrictivas tomar para frenar los contagios, no se aplicaron los retenes sanitarios en terminales de autobuses y carreteras, fue tal el descontrol que llegó a mantenerse en los primeros tres lugares por muertes, contagios y camas censables.

Tampoco ayudaron los ciudadanos que incumplían con los llamados a quedarse en casa, en las filas para comprar pasteles o pizzas el Día del Niño o las reuniones el Día de las Madres, tuvo que intervenir la policía cerrando avenidas para frenar la movilidad, que ocasionó hasta discusiones con ciudadanos.

Al final se logró domar la curva de contagios con la reconversión de hospitales, la adquisición de recursos médicos como las burbujas hospitalarias y, principalmente, al heroísmo del personal médico que puso a prueba no sólo sus conocimientos sino la gran vocación de servir.

Hoy tenemos un descenso de pacientes internados, que le da al sistema de Salud estatal un respiro que podría ser temporal, pues se encuentran cercanas las vacaciones de Semana Santa, y los tabasqueños no han asumido un compromiso rígido en las medidas de prevención, lo que podría traer de regreso un nuevo rebrote.

Ante esa falla en el binomio de sociedad-gobierno es que las autoridades estatales han tomado medidas drásticas como cerrar playas y balnearios en Semana Santa y restringir operación de negocios no esenciales.

Pero además como ciudadanos no podemos esperar que el gobierno nos proteja del virus, estamos —aún y con la etapa de vacunación— en un sálvese el que pueda, pues la inoculación será útil hasta que todos la tengamos, mientras eso llega la única estrategia de salud que puede salvarnos es hacernos responsables de estar vivos, cuidándonos.

Ahora que se cumple un año del primer contagio, lloremos a nuestros muertos, pero sigamos cultivando la paciencia que es igual a cuidarnos, porque la pandemia no ha terminado y lo único que puede darnos aliento es pensar que el incierto futuro que se cierne sobre nosotros se separe del presente.

 

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