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Raymundo Vázquez Soberano. Historiador.

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Traición y fusilamiento, Aldama del esplendor al derrumbe

Uno de los inconvenientes de la historia oficial en México es la costumbre de exaltar en exceso las virtudes de los héroes de la patria de manera que si estos resucitaran, ni ellos se reconocerían. Al respecto Armando Fuentes Aguirre comenta que las flaquezas y debilidades de los personajes heroicos se han ocultado por “[…] la historia paraestatal [debido a que] considera que sacarlas a la luz atenta contra la memoria de los héroes, que debe ser inmaculada e impoluta.” Fuentes afirma que el mayor mal que puede hacerse a los héroes es mentir acerca de ellos, su calidad resiste la prueba de la verdad y no los daña aparecer como lo que fueron: hombres sujetos a caer en pasiones y en culpa de debilidades. Y Juan Aldama no escapa a estas cualidades como hombre de carne y hueso. Veamos porqué.

Juan Aldama nació en San Miguel el Grande en 1774. Durante el juicio sumario que se le hizo en Chihuahua a partir del 20 de mayo de 1811, a la interrogante del juez Ángel Abella sobre sus datos generales, dijo llamarse “Juan de Aldama de treinta y siete años de edad, viudo con dos hijas que tiene: capitán que era del Regimiento de Dragones de la Reina Provincial de San Miguel el Grande, natural de la misma villa, hijo de Domingo de Aldama, originario de los Reinos de Castilla y Provincia de Vizcaya, y de doña María Francisca González.”

Desde muy joven fue amigo de Ignacio Allende, Aldama rondaba los veintidós años cuando ingresó al regimiento de la reina en 1795. Su cercanía con Allende propició que se convirtiera en su lugarteniente, de hecho, en las reuniones que hacían los conspiradores de Querétaro Allende asistía acompañado siempre por Aldama. En ocasiones Aldama llegaba solo a las reuniones y se hospedaba en la casa de su hermano político José Ignacio Villaseñor Cervantes, regidor perpetuo de Querétaro, quien también estaba comprometido con la conspiración. Todos estaban en el secreto de que el levantamiento debía estallar el primero de octubre de 1810, entretanto que llegaba esa fecha, procuraban reclutar gente para el movimiento insurgente.

Sin embargo, no previeron que el movimiento se descubriera antes por las autoridades virreinales. Aldama se encontraba en San Miguel, lugar de la residencia del escuadrón que mandaba, cuando recibió en la mañana del día quince, el aviso que la Corregidora enviaba con el alcaide Ignacio Pérez, de que la conspiración estaba descubierta; la gravedad de la noticia comprometía a Aldama y sus amigos y no teniendo con quién consultar, Allende estaba con el cura Hidalgo en la cercana población de Dolores, se dirigió a esa población, donde llegó entrada la noche, de inmediato les comunicó la desfavorable noticia. Fue entonces cuando Hidalgo, profirió la célebre frase: “Caballeros somos perdidos aquí no hay más recurso que ir a coger gachupines.” Aldama pretendió hacer algunas observaciones a Hidalgo para conseguir que desistiese de tan extrema resolución, pero ni tiempo tuvo de hacerla, pues aquel mandó a llamar a su hermano Mariano; a José Santos Villa y los serenos y salió con rumbo a la cárcel para poner en libertad a los presos. La guerra había comenzado.

Juan Aldama fue un militar de origen mexicano y el capitán de las caballerías de la Milicia de la Reina de España.

Aldama, en unión de Allende, capturó a los españoles y luego tomaron la determinación de dirigirse a San Miguel el Grande. Al llegar a San Miguel, Aldama recibió la orden de cuidar de la seguridad de los españoles presos por lo que destinó para esa tarea parte del regimiento de la reina del que era capitán. En Celaya manifestó a Hidalgo el disgusto que le causaba el sistema que empezaba a observar de entregar al saqueo las casas y propiedades de los españoles. A lo que el cura le respondió que él no conocía otro modo de hacerse de partidarios y que, si Aldama lo tenía, se lo hiciera saber. Desde entonces quedó disgustado, pero ya era tarde para retirarse de la rebelión y su cabeza, así como la de sus compañeros había sido puesta a precio.

Con el grado de Mariscal que Hidalgo le otorgó en Celaya, siguió en el ejército insurgente y en Guanajua to, se encargó de recorrer los caminos de la sierra para observar los movimientos militares de Calleja. Cuando comprobó que el militar realista aún no tenía presencia en la provincia, retornó a San Miguel, para reclutar elementos y con ellos partió hacia Celaya y Acámbaro, yendo a reunirse con el resto de los insurgentes en Indarapeo, para tomar la ciudad de Valladolid; el ejército insurgente entró a la ciudad y Aldama se abstuvo de dar órdenes relacionadas con la aprehensión y confiscación de los bienes de los españoles.

Por su contribución a la causa independentista, en Acámbaro fue promovido a teniente general y con ese grado participó en la batalla de Las Cruces y junto con Allende fue de los más disgustados con Hidalgo cuando éste se negó a atacar la Ciudad de México. En Aculco se separó de su familia para acompañar a Ignacio Allende a Guanajuato y después a Guadalajara donde se dedicó a reunir elementos, para la batalla del puente de Calderón. Luego de la derrota sufrida por los insurgentes, estando acampados en la hacienda El Pabellón acordó con Allende, Arias y Jiménez deponer a Hidalgo del mando de la dirigencia del movimiento insurgente, ocupando la dirigencia Ignacio Allende, luego partieron a Zacatecas donde permanecieron poco tiempo y al observar que la ciudad no era segura para ellos y que no podían defenderla, se dirigieron a Saltillo, con la intención de cruzar a territorio estadounidense.

Aldama era un hombre perspicaz y fue uno de los primeros militares insurgentes en considerar que el intento independentista era causa perdida y que por lo tanto la emigración hacia el país vecino era lo más apropiado. Lo que no percibió era que la traición los acechaba en su ruta a la frontera y ésta lo alcanzó junto con sus compañeros en las Norias de Baján donde fueron apresados por Ignacio Elizondo y trasladados a Monclova y de ahí a Chihuahua, para ser juzgados y aunque no había elementos probatorios de que Aldama hubiera participado en las masacres de españoles y el saqueo de sus comercios en el Bajío, con el solo hecho de ser un militar realista sublevado bastaba para que fuera condenado a la pena máxima.

Fue en el momento de su declaración, en un intento por salvar la vida, cuando Aldama flaquea, se derrumba y cuenta la manera en que Josefa Ortiz procuró alertar a Ignacio Allende que la conspiración de la que formaban parte había sido denunciada. Declaró que no había incitado a nadie a la insurrección, que esta acusación era falsa, falsísima; que secundó a Allende y a Hidalgo por miedo a que éstos lo mataran si se negaba a participar; que con repugnancia el cura Hidalgo a sugerencia de Ignacio Martínez le otorgó el nombramiento de teniente general. Éstos fueron algunos de los puntos fundamentales en los que pretendió basar su defensa.

Aldama, como se sabe no fue el único que flaqueó al momento de ser interrogado, también lo hicieron otros caudillos, Abasolo entre ellos. Si bien Abasolo pudo salvar la vida gracias a las influencias de su esposa, Aldama no corrió con igual fortuna y el 26 de junio de 1811 fue fusilado junto con sus compañeros Allende y Jiménez.

Obvio, la responsabilidad de desvirtuar la historia de la vida de los héroes no es culpa suya, sino de quienes escriben la historia nacional de manera maniquea, considero que en la actualidad esas narrativas oficialistas que buscan labrar una visión broncínea de los pioneros de la independencia nacional deben ser superadas. Estando próximos a conmemorar las dos centurias de México como país independiente, nada tendría de malo mostrar la parte humana de los héroes. Después de todo, no es lo mismo estar escribiendo sobre sus vidas doscientos nueve años juzgados y fusilados, que estar mediante un efecto de empatía en sus zapatos frente a los jueces que los condenaron a muerte.

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