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Tomaron su última taza de café antes de ser ejecutados

Se dedicaban a la venta del grano. Dos pistoleros los asesinaron en las puertas de su casa.

TAPACHULA, Chiapas.- Don Elías y su sobrino Antonio se acostaron temprano, satisfechos de haber hecho buen negocio con la compra de café a los productores de la zona media alta de la ciudad.

Lo invertido se había recuperado al revenderlo en la región a cafeterías, distribuidores foráneos y pequeños consumidores. La ganancia era mucha y no tenían que preocuparse por una temporada.

Apenas se acostaron, los dos empezaron a hacer cuentas de los pagos que habían realizado.

Don Elías, de 43 años de edad, preguntó a Antonio desde el otro cuarto a oscuras: «¿no faltó nadie de liquidar?».

El sobrino, un año menor que su tío —razón por la que se llevaba bien, pues se trataban más como si fueran primos—, respondió que «no se le debía a nadie ya». Pasaron unos minutos de silencio, en los cuales Antonio siguió pensando si no se le escapaba alguien por lo de la compra de café, y se quedó dormido.

Don Elías se tardó en conciliar el sueño, envuelto en el aroma del grano que emanaba de algunos sacos que había apartado para beberlos por las mañanas con su sobrino, a quien apreciaba no sólo por el lazo de parentesco sino porque se fajaba en la merca de café. Lo último que oyó antes de quedarse dormido fue el lejano ladrido de los perros.

VENIAN EN UNA MOTOCICLETA

Una motocicleta con dos hombres arriba penetra al ejido 20 de Noviembre. Avanza entre el frío de la mañana por las calles empedradas hasta alcanzar la Segunda Avenida Norte y Sexta Avenida Sur.

Es jueves 21 de enero y ni siquiera los devotos de la Iglesia Adventista que abarca la escuadra de la manzana se han presentado a rezar. Sobre el empedrado sólo la sombra de los dos desconocidos se adueña de la calle.

Cuando tocan el fondo de la empedrada, apagan la bestia de acero color negra. Los dos hombres se acercan en dos zancadas al zaguán de la casa, donde viven el tío y el sobrino cafetalero. En vez de tocar con los nudillos la madera, golpean la puerta con la punta de sus botas de cuero.

Don Elías y Antonio ya están despiertos y escuchan el escándalo enfrente. Dejan sus tazas de café humeantes y abren el pestillo de la puerta. Salen afuera, donde los dos desconocidos están esperándolos, apoyados en la motocicleta negra.

Sin mediar palabras ni saludos, los visitantes desenfundan de entre su cintura dos armas, que con la luz que empieza a levantarse del día, lanzan su brillo metálico. Antes que don Elías y Antonio pudieran decir algo, los pistoleros disparan sus armas de fuego 9 milímetros y calibre 45 a quemarropa. Don Elías cae fulminado, al golpear dos proyectiles su cabeza y uno en su abdomen. El sobrino Antonio cae también al empedrado, herido de muerte, pues recibe tres disparos que dan en su cabeza, su abdomen y su pierna. Los pistoleros huyen de la escena.

QUEDA TIRADO EN LA CALLE

Cuando los agentes de la Fiscalía del Estado de Chiapas arriban al ejido 20 de Noviembre, el cuerpo de don Elías está cubierto con una sábana blanca en medio de la calle.

Las primeras investigaciones de los peritos descartan el robo como móvil, pues encontraron las pertenencias de los cafetaleros intactas, incluso, estaban aún a la mesa las dos tazas de café ya frías. Unos de los agentes recibe el reporte de que el otro herido —el sobrino de nombre Antonio— no alcanzó a sobrevivir en el hospital.

Rápidamente plantean otra línea de investigación: los negocios de difunto con la compra y reventa de café. Tendrán que investigar si había algún pago fuerte no cumplido o alguna rencilla por cuestiones financieras de otro competidor.

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