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Todos nos necesitamos

Dijo Dios: “no es bueno que el hombre este solo”.

(Génesis 2, 18).

Los seres humanos, por na­turaleza, hemos sido creados para vivir con los demás, por eso se nos ha dado la capacidad de la palabra y el don de amar para comunicarnos y relacionarnos con las demás personas, por eso también el hombre y la mujer se buscan mutuamente para com­partir todo su ser y así alcanzar la unidad en el matrimonio.

Dice el Evangelio de San Juan (1, 1-2) que el Hijo de Dios, Jesucristo, antes de ser hombre como nosotros, existía eterna­mente porque es la Palabra pro­nunciada, desde siempre, por el Padre Eterno. Esencialmente Dios es comunicación, su Hijo es esta Palabra y el Espíritu San­to es el Amor entre el Padre y el Hijo.

La pandemia nos está ayu­dando a muchos de nosotros a comprender la necesidad y el valor de nuestra familia. Por muchas razones puede alguien vivir solo, separado de su fami­lia, por su trabajo, por los es­tudios, y también en el caso de personas que se han disgustado con los suyos y hayan tomado la decisión de vivir solas.

Pensemos por ejemplo, en el escenario de alguien que vi­ve así y de pronto se contagia y no cuenta con nadie que le auxi­lie; ciertamente tiene que ser un cuadro muy difícil de sobrelle­var, esa persona, no únicamen­te tiene necesidad de auxilio en la enfermedad, también necesi­ta ayuda en la soledad, aliento, consuelo; y no solo en estos ca­sos, ya que la vida nos va presen­tando variedad de situaciones a las que tenemos que enfrentar y necesitamos la ayuda, el apoyo de los demás.

Ahora es también el mo­mento de valorar el gran tesoro de nuestra familia y de aquellas personas que, sin estar unidos con nosotros por la misma san­gre, sin embargo, tenemos el re­galo de contar con ellos en todo momento, aquellas personas in­condicionales que nos brindan su amistad y su apoyo.

Pero la verdadera valora­ción se traduce, en este caso, en buscar la comunicación y la re­lación, no únicamente cuando tenemos necesidad de algo.

En la medida en que nos da­mos a los demás con la palabra y nuestro amor es como crece­mos en calidad humana.

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