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El Tabasqueño

Sucesión presidencial adelantada

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  • «El tapado», «dedazo» y «cargada», reglas que no fallan
  • Todo se le acomoda a AMLO para definir candidato y sucesor

 

En los resabios de la tradición política priista, existe una historia atribuida a Adolfo López Mateos [1958-1964] que ejemplifica la acumulación de poder que un Presidente llega a atesorar de tal manera que le permite desechar una sucesión política y optar por una sucesión presidencial: «Durante el primer año la gente te trata como dios y la rechazas con desprecio; en el segundo te trata como Dios y no le haces caso; en el tercero te trata como Dios y lo toleras con incredulidad; en el cuarto te trata como Dios y comienzas a tomarlo en serio; en el quinto te trata como Dios y no sólo lo crees: lo eres».

La diferencia entre una sucesión política y una presidencial radica en los métodos, mientras en la primera la elección del sucesor recae completamente en el partido, se abre a un proceso con participación ciudadana, se permite la presencia de corrientes internas e incluso el debate; en la segunda el procedimiento recae en una decisión unipersonal del Presidente en turno, usando para ello los métodos de mayor control: consejos políticos o encuestas de las que casi nunca se conocen los resultados, lo que le permite designar a su sucesor.

¿En qué consiste el uso de uno u otro mecanismo de elección? Primero, que desde la constitución de 1917 el Presidente en turno tiene facultades metaconstitucionales que le permiten influir y decidir en prácticamente todas las resoluciones de su gobierno; segundo, todo depende de las circunstancias en las que el mandatario federal llegue al momento de decisión.

En el caso de Andrés Manuel López Obrador, llega al cuarto año de gobierno con un Congreso de la Unión a su favor, 18 gubernaturas y congresos locales con la mayoría de Morena. Estas circunstancias, —en las que, como atribuyen a López Mateos, AMLO es tratado como dios y tolerado por él—, están reviviendo toda aquella liturgia política creada por el sistema político mexicano priista que consistía en «el tapado», «el dedazo» y «la cargada», que aunque el Presidente lo haya negado, y él mismo decidiera «destapar» a sus colaboradores para borrar esa idea, es claro que dentro de los «destapados» está «el tapado» que habrá de elegirse mediante un proceso cerrado.

Hoy se intenta desaparecer al «tapado», gran figura del folclor político y disfrazarlo usando la misteriosa capa de la democracia de las encuestas, que no es otra cosa que números sustituyendo a votantes. l l l Hace 45 años, en su momento, Luis Echeverría Álvarez también dijo que en el PRI — el partido dominante y cuyo candidato ganaba cada seis años la elección presidencial—, no había tapados. La etapa del «tapadismo» había quedado atrás. Para sustentar su posición a ese respecto hizo destapar a través de su secretario de Recursos Hidráulicos, Leandro Rovirosa, — que de ninguna manera podría creerse actuó por cuenta propia— a siete «tapados», de los cuales dio el nombre de seis, omitiendo, por olvido, el de uno de ellos, acción que aprovechó Echeverría para reiterar su dicho de que no habían «tapados», porque “los tapados están destapados”. Rovirosa se convirtió, a partir de ese momento, en “el destapador de tapados”.

Desde Echeverría, retóricamente, se acababa con el «tapadismo» presidencial en México. No más candidato del PRI «tapado»: todos estaban «destapados» y seis, para reiterar. No obstante dentro de ellos estaba el «tapado». Ese destape colectivo no terminaba con el tapado, pues al ser seis y no uno el destapado anticipadamente, entre la media docena de aspirantes sobrevivía la incógnita. Mientras que los otros cinco eran de mero relleno.

Hoy AMLO, a más de cuatro décadas de distancia, habla también de que en México —y en este caso en Morena, partido en el poder, y no en el PRI— no hay tapados, porque todos están destapados —como se dijera durante el echeverrismo— y a la vista de todos. En aquella ocasión el «destapador» de «tapados» fue el secretario de Recursos Hidráulicos —quien cubrió a Echeverría— un funcionario considerado ante el gabinete como un ingeniero más técnico que político, a quien se le podría hasta poner en evidencia de no salir bien las cosas. Esta vez AMLO no ha usado a nadie para ese «trabajo», ha sido él mismo quien la hizo y la sigue haciendo de «destapador» de «tapados» y quien lleva la conducción de una sucesión, que como su nombre lo indica, es presidencial.

 

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El cambio de mando en un poder hegemónico, como lo es actualmente Morena, convierte la situación en algo muy sensible para la vida política del país, con una gran interés ciudadano, por lo que sea cual sea el modelo elegido para seleccionar al sustituto, las reglas del juego para quienes participan deben ser lo suficientemente claras para evitar que conflictos, presiones o reclamos puedan provocar desestabilización, ingobernabilidad social y crisis.

Un cambio de liderazgo mediante una imposición irregular corre el riesgo de una división que genere conflictos y que rompa con la estabilidad del régimen en turno, por eso quienes participan en el proceso tiene que tener muy claras las reglas escritas y las no escritas a fin de evitar desencuentros que rompan con la preferente firmeza y continuidad. Debido a las condiciones político-electorales actuales, Morena no tiene necesidad de arriesgarse a cambiar las viejas reglas del sistema político para la sucesión, por ello AMLO procede, aunque se niegue en la retórica, a aplicar el «tapado», el «dedazo» y la «cargada», que si no se generan mayor división, culminará con la aceptación de los resultados y la adhesión de los perdedores al aspirante ganador.

¿Qué seguiría después de este proceso sucesorio? El cambio con continuidad quedará consumado una vez que el o la ganadora reciba la transmisión de la herencia política, que no sería otra cosa que las bases sobre las que se sustenta el actual régimen: primero los pobres, combate a la corrupción, programas sociales y las obras a las que habrá que darle continuidad a fin de que quien sustituya garantice la consolidación del modelo llamado Cuarta Transformación.

Finalmente, todo parece írsele acomodando a López Obrador para convertirse en el primer presidente —desde Salinas que impulsó a Zedillo como sustituto y lo hizo ganar— en los últimos 30 años —desde 1994— que logre decidir no sólo al candidato de su partido, sino también a quien lo habrá de suceder a partir del 2024. Esperemos.

 

«Para quienes

ambicionan el

poder, no existe

una vía media

entre la cumbre y el

precipicio»

TÁCITO

 

 

 

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