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Estado de México

Su patrón la mantuvo cautiva y abusó de ella

Menor de edad fue engañada por un hombre mayor que le ofreció trabajo y alojamiento. Estuvo secuestrada por cinco meses.

OTUMBA, ESTADO DE MÉXICO. — La propuesta le pareció buena. Le ofrecían trabajo, un pequeño salario que le permitiría ayudar a sus padres y la posibilidad de continuar sus estudios. En su pueblo —Tecpatán, al noroeste del estado— no hay muchas opciones, no sólo para los hombres, sino también para ellas. De modo que en su cabeza le fue dando vueltas a esa propuesta.

Irse a vivir lejos era lo que menos había vislumbrado en su futuro. Ella, como todos en su hogar, como sus amigas y conocidas, hubiera querido seguir en su casa, con los suyos, pero la necesidad era grande y terminó aceptando. Convencer a sus padres fue lo más difícil. Aún no había cumplido los 18 años y le decían que no se fuera, que en el hogar no faltaban nunca los frijoles y las tortillas, ¿qué iba hacer lejos de casa y sola?

Pero ella lo tenía decidido y no escuchó. El día en que se fue se despidió de los suyos, y les prometió volver a la primera que pudiera. También acordó enviar un centavo para ayudar a sus viejos. Otumba le pareció un lugar con mucha historia. Le impresionó sus casa y calles de piedra, los cerros pequeños y pelones y el frío que por las mañanas le partía los labios.

Lo que pudo ver apenas llegar en el mes de agosto la dejó sorpren dida, pues nunca había salido fuera de su municipio y ahora estaba a más de 700 kilómetros de distancia, en el Estado de México. Su empleador fue a recogerla a la Ciudad de México, pues ella tuvo que transbordar hasta alcanzar el punto donde se quedaron de ver. No vio mucho de la capital porque salieron rumbo al nuevo hogar que la esperaba.

ENCERRADA CONTRA SU VOLUNTAD

Cuando cruzó el zaguán de la casa, la jovencita no volvió a salir más afuera. La primer semana no se extrañó, pues estaba aún adaptándose a su nuevo hogar. Todo el día trabaja, y acababa rendida. El patrón era amable porque no la dejaba ir a las compras, prefería ir él y dejarla a ella encerrada en la casa.

Casi al mes de estar trabajando empezó a sentirse inquieta. Para probar si no estaba siendo una cautiva sin saberlo, planteó a su patrón que ella podría ir al mercado por las mañanas. Recibió por respuesta un «no». Comenzó a percibir que su empleador no quería que saliera a ninguna parte. Cuando este salía metía llave a la cerradura.

Las ventanas podían abrirse, pero tenían protecciones de fierro. La opresión de ser una cautiva contra su voluntad la hizo llorar en silencio muchas veces. Pero no tenía a nadie para que la ayudara. Cierta tarde, el patrón abrió la puerta de su cuarto sin tocar. Ella se asustó. Quiso resistirse, pero la fuerza de aquel hombre hizo imposible liberarse. Aquella noche decidió que tenía que escapar porque por la buena voluntad de su patrón jamás vería la luz de la calle.

Para no despertar sospechas, continuó con su rutina diaria, pero puso más atención a los hábitos de su captor. Pasaron varios meses para que su raptor bajara la guardia: salió sin poner bien el candado; apenas puso un pie en la calle comenzó a correr hacia el centro, donde pidió auxilio a unos policías. Ese mismo día personal del DIF municipal de Otumba se puso en contacto con autoridades de Tecpatán, y la joven pudo hablar con sus familiares angustiados por no tener noticias suyas en meses, mientras que su empleador quedaba detenido por el probable delito de secuestro y abuso sexual a menor de edad.

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