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“Son tiempos de conversión”

Este pasado miércoles, se ha celebrado el inicio de la Cuaresma con el rito cristiano de la ceniza. Debido a la pandemia, se ha hecho de una forma diferente a los otros años, guardando las necesarias medidas sanitarias; muchas familias han hecho la celebración en su familia, a fin de cuidar, sobre todo, a nuestros mayores de edad; pero, sin duda que ha sido una hermosa experiencia de unidad familiar en la fe y una enseñanza para los niños.

Mucha gente piensa y quisiera que la Cuaresma fuera únicamente un tiempo para comer pescado y marisco, para ir de vez en cuando a la Iglesia, para ir a los lugares turísticos, sobre todo durante la semana santa. Indudablemente que quienes así piensan y viven este tiempo, no conocen el centro de su fe, muy probablemente no han tenido nunca un encuentro personal con Jesucristo vivo y su práctica religiosa solo está apuntalada por la costumbre o por la herencia religiosa familiar.

La Cuaresma tiene como centro a Jesucristo, que en la Cruz nos dice claramente que nos ama de manera incondicional. En Cuaresma, Jesucristo quiere que comprendamos, de una vez por todas que Él no es una persona muerta y del pasado, sino aquél que se entregó a la muerte por nosotros, pero ahora vive por la gloria del Padre y se quiere aparecer a cada uno de nosotros. La Cuaresma es un camino que nos prepara para la mayor fiesta cristiana que es la celebración del Misterio Pascual de Jesucristo, su muerte y resurrección, es un camino de conversión a Dios.

En la Cuaresma, tenemos la oportunidad de encontrarnos cara a cara con el príncipe de las tinieblas que pretende siempre nuestra destrucción humana, el deterioro de nuestra familia y de la sociedad por medio del pecado como rechazo al proyecto de vida que Dios tiene para nosotros. La primera tarea cuaresmal consiste en descubrir en qué rincón de nuestra vida se agazapa el enemigo y nos hace sentirnos muy contentos, satisfechos con la oscuridad que invade nuestra vida. Como lo hizo Jesús en el desierto, también a nosotros nos corresponde darnos cuenta y rechazar las tres grandes tentaciones de Satanás, la ambición de poseer todos los bienes materiales posibles, la de disfrutar desordenadamente de todos los placeres humanos y la de ostentar el mando, el poder, no para servir a los demás, sino para que todo mundo nos sirva.

En esta batalla contra el príncipe de las tinieblas es esencial contar con la lectura de la Palabra de Dios, la oración, la penitencia y las obras de misericordia para con nuestros hermanos.

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