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Sismo 19-S | Retraso providencial: burlando dos veces a la muerte

Un estruendo ensordecedor. Una gran polvareda. Gritos. Con el corazón agitado, Vanessa corrió, a como pudo, abriéndose paso entre la gente. Su único deseo era llegar a su niña.

Ciudad de México. Vanessa se despertó tarde. Se confió -dijo a su madre-, pues luego de dejar a la pequeña Diana en la escuela, regresó a casa para descansar. Cayó en un sueño muy profundo que le significó dormir el resto de la mañana. No era la primera vez, siempre lo hace y se despierta a las 12:30, justo después del medio día para regresar por Diana al cole, como ella le dice.

Desde su domicilio, en la esquina de la cerrada Tajín esquina con Prolongación Xochicalco al colegio se hacía en su coche poco menos de 50 minutos. El tiempo lo tenía calculado, las calles, el tráfico, todos los días, dos veces al día, era su rutina.

Al salir de su casa, incorporarse a General Emiliano Zapata para luego tomar División del Norte, así hasta llegar a Calzada de las Brujas. Jamás tardaba más de 50 minutos en llegar por su hija.

Pero ese martes era diferente. Diany tenía cita con el odontopediatra. Le estaba saliendo una muela y las molestias no se hicieron esperar. Un día antes su mami había acordado ir con el dentista. A ella no le gustaba, le tenía terror al instrumental médico, pero para convencerla Vanessa le había prometido que al pasar por ella a la escuela le llevaría su golosina favorita: un pan danés cubierto de fondant y decorado con nuez. Y no le iba a fallar. Aunque ya había acordado con la directora que pasaría por su hija más temprano para acudir a su cita médica, se había retrasado. Por la costumbre, se justificaba.

Ese día había más tráfico. Una obra para reparar un socavón en División del Norte hizo que desviara por Calzada del Hueso con la intención de tomar después Canal de Miramontes. Estaba en una carrera contra el reloj. Debían ver al dentista a la 1:30 y ya sólo faltaban 50 minutos para eso.

Haciendo gala de su pericia y con apresuradas maniobras se iba a abriendo paso entre los vehículos. Cambiando de carril a cada 300 metros. Así era la Ciudad de México, pensó para sus adentros.

Eran ya la una con cinco minutos y ya estaba cerca de llegar al colegio. Al pasar por Galerías Coapa recordó su promesa. El pan danés cubierto de fondant y decorado con nuez. Era un acto de justicia para Dianita, pensó. Después de todo, luego de las maniobras del dentista ya no podría comer ese pan dulce en varios días. Así que, sabedora de que estaba muy cerca de llegar a tiempo, decidió bajar en el Globo. Compró un pan para ella y otro para la niña. Irían comiéndolo juntas en el coche, volvió a imaginar. Regresó a su auto, y enfiló nuevamente con dirección a Calzada de las Brujas.

No hizo más que avanzar 500 metros cuando todo cambió. Un pequeño mareo; después, la confusión. Decenas de coches apostados en las inmediaciones. Conductores que se bajaban. Estaba temblando. Al bajarse, inició a grabar desde su teléfono. Eran la 1:15. El terremoto era la excusa perfecta para llegar un poco tarde al dentista. El dentista. La niña. El sismo. Terrible asociación de ideas. Subió nuevamente a su automóvil, un mazda gris modelo 2014. Conforme avanzaba se daba cuenta de la magnitud del hecho.

Tuvo que bajar del auto porque era imposible avanzar, de pronto, un estruendo ensordecedor. Una gran polvareda. Gritos. Con el corazón agitado, Vanessa corrió, a como pudo, abriéndose paso entre la gente. Su único deseo era llegar a su niña.

Entre la multitud, se dirigió al grupo de alumnos que habían logrado ser evacuados. Ahí estaba la pequeña. El llanto de los niños era desgarrador.

Diana se había salvado del daño físico, pero no del trauma de ver cómo su escuela se derrumbaba.

Cuando Vanessa despertó de su siesta matutina, llamó a la maestra de la niña, explicándole que se le había hecho tarde y necesitaba llevarla al médico. Acordó con la educadora que la niña bajaría y la esperaría en el patio de la escuela para agilizar los tiempos. Y así fue. Gracias a esa llamada que hiciera minutos antes, su niña estaba viva.

Horas más tarde, el caos no terminaba. Se daban a conocer más testimonios. Irónicamente, el retraso por haberse despertado tarde había jugado un papel providencial: El edificio donde se encontraba el consultorio dental, también se había derrumbado.

Esa tarde, Diana había burlado a la muerte dos veces. El pan danés cubierto de fondant y decorado con nuez quedó olvidado en el asiento trasero. Vanessa y su hija no salieron a la calle en días.