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Sismo 19-S | La tragedia en el edificio de Rébsamen 241

Con teléfono en mano, Laura quedó parcialmente inmovilizada. No podía salir. Desconocía la magnitud del sismo, solo escuchó cuando la pesada losa cedió ante el embate del movimiento.

Doña Meche se despertó esa mañana muy temprano para realizar sus labores de intendencia. Como todos los días, los amaneceres en la colonia Narvarte tenían ese encanto citadino.

Por una parte el tráfico, el ruido de los coches, la gente apresurada. Pero Mercedes era de las personas que, a pesar de sus carencias, intentaba encontrar el lado positivo de las cosas. Por eso procuraba despertar a primera del hora del día para iniciar con su trabajo.

A las 7 de la mañana, doña Meche ya se encontraba barriendo el exterior del edificio verde de la calle Enrique Rébsamen. Para ella era gratificante ver a los vecinos salir con sus perros al paseo matutino, escuchar el trino de las aves anidadas en los árboles de la banqueta de enfrente.

Era un día como cualquier otro, pero para Meche era extraordinario.

Ese martes, había acordado acompañar a una de las residentes del edificio a comprar un boleto de avión. Era la confianza que los vecinos tenían con la señora de la intendencia. Con la mayoría de ellos, la relación no era la de un subordinado. Doña Meche veía en cada ocupante del edificio a un familiar, un hijo, un sobrino o una hermana. Y así era el trato con Laura.

Un día antes, la señora Laura le había pedido a Mercedes que le acompañase a comprar un boleto de avión. Sólo uno. No lo compraría redondo porque aún no sabía la fecha de su regreso. No sabía si regresaría. El plan inicial era visitar a Renata, su hija, quien vivía en Nueva York.

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La chica había emigrado para consolidar su desarrollo profesional y así lo hizo. El éxito no demoró en llegar a la vida de Renata. Su vida era perfecta. Casi. Le faltaba su mami, y aunque a diario se comunicaban vía telefónica o por videollamada, no era lo mismo.

El apego entre las dos no sabía de barreras, ni de distancias.

Por eso, Laura había decidido partir al norte, aunque eso le significara abandonar su México. Sería una sorpresa para su hija, no tenía pensado avisarle hasta pisar el JFK, aeropuerto neoyorkino.

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Ante la solicitud de acompañamiento de Laura, Meche decidió iniciar más temprano sus labores. Habían acordado ir después del medio día, pero antes de la hora de comida, pues el plan era comer juntas y dar un paseo. Era un nivel de relación fraterna, alejado de estereotipos clasistas.

Pero algo sucedió en casa de Laura. A la una de la tarde, Laura subió al cuarto de servicio para pedirle a doña Mercedes un poco de paciencia. Su blusa favorita, que era la que se pondría en ese día, estaba sin planchar. Le dijo que en treinta minutos estaría lista.

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Laura regresó a su departamento, y estaba feliz. Feliz porque se había decidido a comprar el boleto del avión que la llevaría a reunirse con Renata. Por eso se pondría su ropa favorita.

 Se encontraba maquillándose los párpados cuando un crujido la hizo mirarse al espejo con un asombro inusitado.

Su rostro, que segundos antes era un monumento a la plenitud, se convertía en una muestra de preocupación. Después sobrevino el miedo. No tuvo tiempo de nada.

Volteó su mirada y sólo vio la loza de su cuarto cuando iniciaba a desprender un polvo blanco, luego las fisuras, las grietas. En cuestión de segundos.

Con teléfono en mano, Laura quedó parcialmente inmovilizada. No podía salir. Desconocía la magnitud del sismo, solo escuchó cuando la pesada losa cedió ante el embate del movimiento.

No supo cuánto tiempo había transcurrido pero logró comunicarse con su amada hija a través de un mensaje a su celular. Sería el último mensaje, el de la despedida. Laura perdía fuerzas, cada vez le era más difícil respirar.

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NUEVA YORK

Al momento que empezaron a llegar las noticias del sismo, Renata quiso comunicarse con su madre pero no le fue posible, la comunicación fallaba. Era comprensible, la infraestructura de telecomunicaciones había sufrido daños también.

Pero una corazonada la hizo iniciar con las diligencias para trasladarse a México. En dos años fuera de su país, jamás había perdido contacto con su madre, y ahora, la preocupación no era para menos.

De inmediato, se puso en contacto con autoridades mexicanas, y al no localizar por ninguna vía a su mamá, publicó en Facebook pidiendo información que le permitiera saber de ella.

Ya en México, su odisea apenas comenzaba. Otros mensajes más pidiendo ayuda y externando su preocupación por hechos que dificultaban el rescate entre los escombros fueron un testimonio más del caos que se vivía en aquellos días.

El texto recibido de parte de su madre le daba esperanzas de encontrarla con vida. Pero las horas pasaron y vinieron los días.

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El domingo por la madrugada, el cuerpo de la señora Laura era rescatado, luego de infructuosos intentos por hallarla viva.

La sociedad se estremeció con el caso. El edificio sería demolido después. La tragedia de Rébsamen 241 fue una historia que conmovió no sólo a la ciudad sino a todo el país.

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