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Una mujer muestra los pies lesionados por sabañones. / Una señora cocina con el agua hasta las rodillas, mientras los pavos se resguardan sobre tablas en las partes más altas.

Macuspana

Se le pudren los pies a macuspanenses

Los pobladores llevan 45 días viviendo entre el agua, por lo que sufren con los dedos partidos por la micosis.

MACUSPANA, TABASCO.- “No sé qué pecado estamos pagan­do, que primero vino la pan­demia del Covid-19, luego la inundación, la mortandad de los cultivos y ahora se nos es­tán pudriendo los pies, lleva­mos 45 días entre el agua”, aseveró don Fernando Bení­tez Reyes, mientras toma su cayuco para ayudar a cruzar a un grupo de pobladores de la ranchería Miguel Hidalgo, se­gunda sección de Macuspana.

Para don Miguel, los días en la inundación parecen muy largos, se levanta a las cinco de la mañana, baja del tapanco y se ve forzado a caminar entre el agua que, al interior de su vi­vienda supera el metro de altu­ra, se prepara su café, escucha las noticias un rato y luego sale en su cayuco a tratar de pescar algo para la comida.

 

VIDA ACUÁTICA

“Pasamos casi todo el día en­tre el agua, en la noche que nos vamos a dormir nos po­nemos azulín o pomada para los hongos, porque ya trae­mos los pies todos partidos y allagados, los dedos abiertos, porque se reblandece la piel y al día siguiente nos tenemos que tirar de nuevo al agua, ya lle­vamos más del mes así”, refirió.

Más de tres mil pobladores de comunidades como Miguel Hi­dalgo, José Colomo y los Bitzales, de Macuspana, prácticamente se encuentran incomunicados por tierra, pues su única forma de en­trar y salir de la comunidad para buscar víveres es a través de lan­chas y cayucos, que cobran entre 10 y 50 pesos por persona para en­trar o salir las zonas altas.

 

 

COCINAN ENTRE EL AGUA

Con el agua a la rodilla, doña Ma­ría Isabel Hernández Hernández termina de preparar la comida del día, una sopa aguada que se cocina a fuego lento en un fogón instalado sobre un par de bloc­ks, su nieto de cuatro años, grita desde el fondo montado en un tapanco avisándole que ya tiene hambre.

“Los niños no saben lo que es­tá pasando, a ellos les da hambre y piden, no saben si hay o no hay, pero ahí nos la vamos llevando con una sopita con pasta, un po­llito sancochado, algún pescadito que logra agarrar mi esposo y con eso vamos sobreviviendo, pero ya son varios días que llevamos así”, asevera.

A decir de doña Mari, en la ranchería Miguel Hidalgo, de Macuspana, sólo en la primera inundación, hace ya 45 días, les llevaron una medio despensa, que incluía una bolsa de pasta, dos la­tas de atún, un kilo de azúcar, café, frijol y un litro de aceite.

 

LA AYUDA

“Por más que tratamos de estirar­lo, racionándolo de a poquito, en los primeros ocho días se nos aca­bó todo lo que nos trajeron y eso que no fue el gobierno, sino los de una asociación que pasaron cuando todavía no estaba tan hondo, ahorita nadie se acuerda de noso­tros”, expresó con tristeza.

A doña Mari, es la comida lo que más le preocupa, pues son dos nietos pequeños que viven con ella, uno de apenas cuatro meses de nacido y al que ya le hace falta su leche, por lo que dice rezar por­que pronto pase esta calamidad, que según para ha sido más seve­ra que las inundaciones del 2007.

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