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Director Miguel Cantón Zetina
Pobladores hacen justicia por su propia mano ante la inseguridad.

Se impone justicia con propia mano en el Caribe Mexicano

Los municipios de Benito Juárez y Solidaridad repuntan casos de linchamientos. Quintanarroenses están cansados de jueces e inseguridad.

BENITO JUÁREZ, Quintana Roo.— El Caribe mexicano cada vez parece un pueblo del Viejo Oeste, donde la ley del más fuerte se impone.

Así, no es raro ver a padres de familia honrados, jóvenes tra­bajadores y jubilados pacíficos confabularse con la multitud para dar un castigo ejemplar a algún ladronzuelo.

En Villa del Sol, municipio de Solidaridad, el 911 recibió una lla­mada en la madrugada, reportan­do un robo a una mujer.  El caco quería quedarse con su celular, pero la dama gritó pidien­do ayuda y los vecinos lograron darle alcance.

Como la policía tardaba en ve­nir y la adrenalina no bajaba, los captores del maleante decidieron, después de maniatarlo de pies y manos, desnudarlo. Durante casi dos horas estuvieron golpeándolo y amenazándolo con que le quita­rían la vida si seguía asaltando. Un alivio sintió el amante de lo ajeno cuando vio las torretas azul y rojo acercarse. Él mismo pidió que lo entambaran.

Días antes, en esa misma co­lonia, un grupo de vecinos había atrapado a un ladrón que intentó cometer un asalto en una tien­da de conveniencia. Los mismos clientes lo inmovilizaron y de­rribaron al suelo, la humanidad del delincuente recibió patadas, golpes a puño cerrado y hasta piedras. La llamada al 911 y la res­puesta rápida de la policía evitó que la situación llegara a mayores.

En ambos casos, las patrullas hicieron una escala obligada a la Cruz Roja, para que los infracto­res de la ley recibirán los primeros auxilios.

RESCATADOS POR LA POLICÍA

En el municipio de Benito Juárez, un grupo de vecinos del fracciona­miento Los Héroes llegó al extre­mo de cazar a un ladronzuelo que ya tenía asolados a los comercian­tes y a las amas de casa.

Esperaron que llegara el vier­nes y se apostaron cerca de donde este maleante «trabajaba», ape­nas lo vieron venir se abalanzaron sobre éste y lo tundieron a golpes.

El delincuente ni siquiera re­zongó, pues sabía que se merecía esa paliza, además era mejor ce­rrar el pico ante la furia sorpresiva de los vecinos.

No conformes con patear­lo y humillarlo, lo amarraron a un tronco, de pies y manos. Alguien con gorra color caqui, playera blanca y short azul ma­rino, le vendó los ojos con un cubreboca negro. No faltó quien se zafara el cinturón de piel de víbora y comenzara a cuerearlo. El hombre sólo gemía, pero no pedía compasión. Comenzó a sangrar de sus costillas, que se pusieron rojas a reventar. Dos horas después, los policías lle­garon y rescataron al ratero que quedó hecho un Cristo.