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Chiapas

Se dispara frente a su hijo y muere

Quedó tirado en un charco de sangre con un balazo en la sien. Su primogénito de 14 años lo vio todo.

TUXTLA GUTIÉRREZ.- Había bebido lo suficiente como para que la cebada comenzara a embotar sus sentidos. Arrellanado en la silla durante horas, ya le costaba trabajo alcanzar las botellas. La música a todo volumen le impedía escuchar lo que a veces su esposa le decía a su hijo.

Estaban en la sala, pasando el primer domingo del mes de febrero. Antes de que comenzaran a cerrar los depósitos por la veda, el hombre se aprovisionó de unos cartones de cerveza. Después de a comida comenzó a destapar uno tras otro los cuartitos.

A su mujer no le gustaba que César bebiera en presencia de su hijo. Apenas tenía 14 años y medio, pero había que darle un buen ejemplo para que no creciera lleno de vicios.

TENÍA POR HÁBITO ECHAR TIROS

Tampoco le gustaba que tomara porque conocía el carácter impetuoso de su esposo. De la nada se levantaba de la silla e iba al cuarto para sacar del viejo ropero la pistola. Salía al callejón Mal Paso y levantaba el arma al cielo y jalaba el gatillo. Una, dos, tres, seis veces.

Hasta más allá de la colonia Cerro de Guadalupe, al oriente de Tuxtla, se alcanzaban a escuchar las detonaciones, seguidas luego por un silencio inquietante.

Los vecinos de las calles aledañas, los de Real de Guadalupe y Mastruerzo, no se asustaban, sabían que el del callejón Mal Paso estaba de fiesta.

Lo que nunca sospecharon es que esa mala costumbre, ese envalentonamiento simplón, terminaría en tragedia el 7 de febrero, a las 21 horas.

SE DA EN LA FRENTE

La mujer abrazó a su hijo cuando vio que César, como otras veces, se levantó de la silla con dificultad y se metió al cuarto. Ambos sabían lo que vendría, la escena acostumbrada que marcaba el júbilo del celebrante.

Desde la sala oyeron cómo el hombre abría con una llave antigua el ropero y tras unos segundos volvía pesadamente con el arma en la mano. Ella lo miró a los ojos con reproche, pero no dijo ni una palabra.

Las manos de César revisaron el arma. Madre e hijo voltearon a verlo porque su resoplido era muy agitado. Lo que vino después fue un fogonazo, una lengua de fuego instantánea que cubrió la cara del celebrante. Después cayó de espaldas.

La mujer soltó al hijo y corrió a ver a su César, tirado en un charco de sangre. Gritó a su hijo que llamara a los servicios de emergencia.

Cuando los paramédicos llegaron se dieron cuenta que el tiro en la cara había cegado la vida de aquel hombre instantáneamente. La camioneta blanca del Semefo no tardó en aparcar en el callejón. En la colonia Cerro de Guadalupe, esa noche sólo hubo un disparo, y esta última vez no fue al cielo.

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