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Director Miguel Cantón Zetina
Enriqueta González Pérez

Se contagió en su trabajo, atendiendo demandas ciudadanas

“Llega un momento en que todo se derrumba, cuando ya no puedes respirar, cuando no soportas los dolores de cabeza”.

Cuando Enriqueta González Pé­rez, de 49 años de edad, pensó que había vencido el coronavirus, al día 14 de registrar los síntomas, tuvo que ser internada en el Hos­pital Militar.

Ingresó el 22 de junio y luego de recibir los medicamentes in­dicados en el nosocomio, el 30 de junio le dieron de alta y regresó a casa.

Afirma que pensó que lo había vencido en su casa, pero los dolo­res de cuerpo y de la cabeza, eran intensos; además de la pérdida del olor y del gusto y de la dificultad para respirar.

Ella piensa que se contagió en su trabajo, en el área de Coordina­ción de Delitos del municipio de Centro en la Fiscalía General de Tabasco, en donde llegaban ciu­dadanos a interponer denuncias.

Asegura que quienes supera­ron o vencieron al Covid sienten que es una segunda oportunidad de vida.

Señala que llega un momento en que todo se derrumba, cuando ya no puedes respirar, cuando no soportas los dolores de cabeza.

 

—¿Qué se siente ser un paciente Covid?

Primero empecé con dolor de cuerpo y con conjuntivitis. Pos­teriormente me empezaron los escalofríos, la fiebre.

Perdí el olfato, el sentido del sabor, me dio diarrea, y así es­tuve prácticamente 14 días, con cuidados.

El día 14 empecé con la tos por la mañana. Para el medio día ya no podía ni hablar ni caminar, porque me faltaba el aire y me enviaron al Hospital Militar para internarme.

Recuerdo que fue el día 14 de junio que se supone que iba de salida. De ahí estuve nueve días hospitalizada.

 

—¿Cómo te contagiaste?

Yo trabajo en la Fiscalía. Soy coor­dinadora de Delitos del municipio de Centro.

Llegaba a mi trabajo un día sí, otro día no, o a veces faltaba dos o tres días y luego regresaba, así estábamos trabajando.

Afortunadamente no ten­go alguna enfermedad cróni­co degenerativa, pero con la constante atención al público, de gente que no sabes de dón­de viene, ahí creo que puede contagiarme.

Desde que me enfermé presentía que eran los sínto­mas del Covid.

Me encerré en mi cuarto, me aislé de mi familia. La co­mida me la dejaban en una mesita para no estar en con­tacto con mis tres hijos y mi esposo.

 

—¿Cómo fue la atención de los médicos?

Excelente. A mí me atendieron muy bien los médicos, enfer­meras, los que me llevaban la comida, todos estuvieron pen­dientes.

Como es un hospital chico, no está tan saturado, ellos están muy pendientes. Cada vein­te minutos me llevaban agua, todo, estuvieron pendientes.

Y bueno, gracias a mi hija que trabaja en el servicio médico pudieron canalizarme al hospital; sin embargo, hubo días en donde yo veía a personas más enfermas que yo, pero como sentía que no podía respirar, en algún momento pasó por mi mente que podía ser ese día el último de mi vida.

Por supuesto que hay miedo de que te puedes morir durmiendo. Me tocó ver a otra paciente de que falleció de repente.

Entonces sientes que estas en una cuerda floja en donde puede pasar cualquier cosa. Pero tam­bién los médicos te ayudan a pen­sar de manera positiva.

 

—¿Cómo superó el Covid?

En el hospital me dieron Antiflu­des y la indicación era tomar uno cada ocho horas por seis días.

También estaba el Dextrome­torfano en jarabe y tomaba 15 mi­lilitro cada 8 horas.

El Paracetamol para el dolor de cabeza, la Ivermectina que ya casi no hay en las farmacias, además de la Azitromicina; pero cada me­dicamento tiene su dosis y debe ser recetado por un médico o pue­de causar daño a la persona si no lo toma con indicaciones.

Eso sí, antes de que me inter­naran yo tomaba té de limón con jengibre y miel de abeja.

Siempre combiné los medi­camentos de patente y los natu­ristas.

 

—¿Qué mensaje le da a los tabasqueños?

Que se cuiden mucho, le den prio­ridad a su salud, a la vida.

Me tocó ver en la calle y en la oficina, que llegaban personas peleando con el vecino, por un co­che, por un perro, cuando lo más importante es que estén en sus casas, cuidando su salud, porque la salud no tiene precio.

En un día puedes estar bien y en otro estar enfermo o morir. Entonces es importante que, si van a salir, que sea lo mínimo.

La vida que se nos da solamen­te es una. Quienes superamos este padecimiento sentimos que es una segunda oportunidad porque llegas en un momento donde todo se derrumba, cuando ya no pue­des respirar, cuando no soportas los dolores de cabeza.