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Reflexión de Navidad

Reflexión de Navidad

Este año, —como lo ha hecho en sus últimos 4,543 millones de años— la Tierra ha girado en torno a su propio eje, de oeste a este, durante 346 días hasta hoy. Nada ha perturbado al planeta. Las estaciones y el clima han sido perfectos. En el verano vi desde mi ventana días soleados estupendos, y ahora en estas fechas aprecio los nublados invernales propios de nuestro espacio tropical.

La Tierra ofreció, pues, este 2020, ese gran espectáculo diario de la naturaleza, que es una danza de vida y muerte, de fin y recomienzo. En ese proceso, un microorganismo biológico, al que llamaron inicialmente «el virus de Wuhan», marcó a la humanidad y ese mundo prodigioso se transformó arriesgado, peligroso, mortal para la sociedad y su civilización. Regalar un abrazo se volvió aventurado y darse un beso significó morir.

El punto de esta reflexión es que la vida no se entiende sin la muerte, y eso no excluye al género humano. Hoy está en marcha la inoculación biológica para salvar vidas y regresar a disfrutar de este fascinante planeta, que quizá antes de este alto obligado no apreciamos en su riqueza.

¡Qué esta vacuna sea un renacer a la vida, a una ciudadanía nueva, a una civilización menos mercantil y más espiritual y humana! Al final, no olvidemos que lo que este 25 de diciembre celebramos es el nacimiento de Jesucristo, que representa un nuevo comienzo, otra oportunidad para ser felices sin olvidar la dura lección por la que hemos pasado y apreciar ese gran espectáculo en el cosmos del que somos parte.

No olvidemos que la vida está atada a la muerte, y que en esa danza de la naturaleza, todos somos como aquella semilla que se desintegra y al morir da luz a una nueva vida en forma de planta que después madurará y producirá semillas nuevas. «Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes.» (1 Corintios 15:36-58).

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Cuentan la historia de las religiones, que fueron los primeros reyes romanos [que eran agricultores] quienes después de sembrar la tierra a finales de diciembre celebraban ritos y fiestas en honor a Saturno, el dios de la agricultura que mandaba las cosechas.

A ese enigma de muerte y resurrección que les había enseñado la sementera en el campo estaban dedicadas las fiestas a Saturno, las cuales se celebraban con grandes banquetes e incluso intercambios de regalos. En la mesa departían —por pocos días— amos y esclavos, espíritu del que provienen los deseos de paz y amor de lo que luego transmutará en el espíritu navideño.

 

«La gratitud no solo
es la más grande de
las virtudes, sino que
engendra todas las
demás»
CICERÓN

 

Después las legiones romanas que habían combatido en Asia empezaron a rendirle culto a Mitra, el dios de la luz y la sabiduría. Hijo de Ahura Mazda [dios creador] y de una virgen: Anahita [diosa de la fertilidad]. Mitra, según los persas, había nacido en el solsticio de invierno, el 25 de diciembre, acompañado del calor de un toro salvaje, creación de su padre.

Mitra había venido al mundo —también— con la misión de redimir a la humanidad creada por su padre y entregarles la vida eterna. A la par se conocieron las historias de las andanzas de Jeshua [Jesús], quien nunca buscó fundar una Iglesia. Correspondió a los romanos [existen controversias al respecto] fusionar el mitraísmo y el cristianismo hasta heredarnos una sola religión sincrética que sobrevive hasta nuestros días.

El sol, el fuego, la luz, la muerte y la resurrección han sido misterios que a lo largo de la vida han asombrado a civilizaciones antiguas y modernas. La realidad es que ya sean historias unidas o una sólida realidad, la clave está en la fe. Creer con vehemencia en que existe una fuerza superior [sean Dios, Hijo y Espíritu Santo] en quien poner nuestras esperanzas, problemas y preocupaciones es la esencia de una vida espiritual sana. Que nos inspire a ser felices, a pensar positivamente y creer en que alguien nos ayuda y protege mientras hacemos el bien y buscamos estar en paz con todos, y en ese todos están nuestro propio interior.

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El que escribe, estimado lector, como millones, cree en Jesús, Hijo de Dios, y a la vez eso me lleva a pedir que ese misterio mágico que trae la Navidad cada Noche Buena nos encauce a esforzarnos para vivir como hermanos y a trabajar por un mundo justo y fraterno. Por eso pido que este 25 de diciembre inspire a los tabasqueños, y mexicanos en general, para que en el 2021, (que aunque se asume con esperanza, se ve con cierto temor por los momentos difíciles que hemos pasado) tengamos un estado más próspero, más consciente, más equitativo.

No quiero dejar fuera algo que considero se requiere más en estos momentos: vivir sin miedo, no escabullirse de cada una de las obligaciones y retos que la vida nos encara. Pues con los años he reflexionado que el miedo tambalea la fe y debilita nuestras esperanzas. En estos tiempos, —como en los pasajes bíblicos descritos—, existen familias, masas que se sienten como ovejas sin pastor ante la difícil situación que están enfrentando (una pandemia de 10 meses, dos inundaciones y 13 años de crisis económicas derivadas del petróleo), viven con incertidumbre y con gran inquietud el futuro que los aguarda.

El mejor regalo de Navidad en estos momentos no es hacer grandes gastos o comprar ropa de marca. No importa si no podemos salir de vacaciones o adquirir un automóvil, el deseo más anhelado por todos debería ser que todos aquellos que están desempleados encuentren trabajo. Un empleo dignamente remunerado, que sea suficiente para dar alimento a sus familias que lo necesitan. Que no pasen hambre ni problemas en la salud. En 1991 el Papa Juan Pablo II escribió en su Carta Encíclica «Centesimus Annus» una sentencia clara y contundente que muchas veces suele olvidarse: «se puede afirmar con verdad que el trabajo de los obreros es el que produce la riqueza de los Estados.

Por lo tanto, es a los obreros, en su mayoría débiles y necesitados, a quienes el Estado debe dirigir sus preferencias y cuidados». Pidamos también en esta Navidad que nuestras autoridades federales, estatales y municipales tomen medidas correctas, que no derrochen nuestro dinero. Que antes de gastar piensen en cómo ese recurso beneficiará al desarrollo de las personas, de los ciudadanos y si en realidad servirá para reducir la pobreza en nuestro estado.

No olvido pedir porque las pasiones políticas no envenenen las campañas y elecciones intermedias a desarrollarse el próximo año, que gane quien gane lo haga con la mayor decencia posible y que no regresen los conflictos postelectorales. Vayamos pues a celebrar la Navidad con todas las restricciones sanitarias, pero sin pretensiones, sino con deseos y voluntad de hacerlo con lo que se tenga. Que si no hay regalos celebremos estar vivos y rodeados cada vez más de gente buena. No faltarán las nostalgias de los que se han ido [abrazo eterno a don Jorge donde quiera que esté].

Por eso la mejor forma de celebrar esta Navidad es haciendo conciencia de lo que nos ha tocado vivir y renovar nuestras esperanzas de que el futuro no tiene que seguir como lo hemos vivido hasta ahora, sino como un mañana donde la luz de la fe refuerce aquellas palabras que dijo Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida… confía en mí».

¡Feliz Navidad a todos!

 

 

 

 

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