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Recordar es vivir

Hubo un tiempo que el hombre caminó libre por los par­ques, las montañas y veredas, eran tiempos de gloria, de risas, de compartir y convivir con los amigos, salíamos cuando queríamos, vivíamos al máximo y nada nos podía detener.

Nos burlabamos de las adversidades de la vida y las pe­nurias del destino, el futuro incierto era una película de trasnochados que no nos generaba ni el menor de los aspa­vientos.

Éramos eternos, la sociedad movía maquinarias para llenar los inmensos buques donde exportaban nuestros productos, los aviones transportaban a un sinfín de viaje­ros listos para grabar las más increíbles e insólitas expe­riencias y presumirlas en las redes sociales.

Los casinos llenos de grandes apuestas y los más radian­tes escenarios hacían muestra de su elegancia ante miles de espectadores que vitoreaban los cánticos al unísono de sus ídolos favoritos.

Todo era aventura y felicidad, nada nos podía detener.

Pero llegó el momento que todo de repente se detuvo, la economía, el trabajo, las tiendas antes abarrotadas y ahora vacías; las grandes carteleras de cine, los lujosos restauran­tes, las salidas de fin de semana y las fiestas. Todo, hasta el tiempo se volvió más lento.

Empezamos a valorar lo que antes no valoramos. Al de­tenerse comprendimos que teníamos que cambiar, que no podíamos ser los mismos. Ni todo volvería a ser igual.

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