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Voces

Quince de septiembre

No fue otro Quince de Septiembre. Fue la confirmación de los anteriores desde que se continuó por Don Porfirio. Cada uno con sus circunstancias, que dijera el filósofo español José Ortega y Gasset.

Cuando vimos en la Plaza de la Constitución al centro el mapa de la república mexicana, puedo asegurar que no pocos ocupamos ese histórico lugar, con sus añoranzas: entre otras, la de no poder contestar en vivo al Presidente sus largos vivas a cuyo acto no asistió don Vicente Guerrero.

El evento en sí lució además la característica de haberse compartido desde millones de hogares mexicanos, como nunca antes, por obra de la bendita pandemia.

Y en ese movimiento de recordaciones, qué de adultos nos trasladamos al año de 1955, día Quince de Septiembre, jueves me dicen quienes saben, no a las once de la noche sino a las seis de la mañana.

¿Y por qué? Por el inolvidable detalle de que, días antes, el señor José Luis Oramas Sáenz, a la sazón Presidente Municipal, se hizo presente en la escuela Primaria Profesor Rosendo Taracena Padrón y, entre nervioso y emocionado, invitó a los alumnos de cuarto a sexto grado, para que el día Quince fuésemos a palacio cantar el Himno Nacional e izar la bandera, a las seis de la mañana.

-¡Híjole, qué buena invitación! –saltamos, arrechos, varios infantes de mesabanco a mesabanco-.

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Para esto, la luz eléctrica era procesada por una plantita municipal de gran ruido, entre las seis de la tarde y las diez y media de la noche.

El Edil anticipó que, por ese único día, la luz iba a prenderse, como fue, a las cinco de la madrugada.

Y allá vamos, el Quince, a las seis de la mañana, emocionados de ver al viejito más respetable del pueblo, don Chucho Quevedo Rodríguez, izar el pendón nacional y, nosotros, a una voz: -¡Mexicanos, al grito de gueerra…

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