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Quiere conocerte III

Recordatorio: La Pandemia quiere conocerte. Intimar contigo. Cuidado: puede resultarte embarazosa. Multiplicarse por causa de tu desobediencia. Allá tú…

Don Beto Vinagre Rodríguez, a sus noventa y dos años, haciendo lujo de memoria en voz de su padre, don Felipe Vinagre Cabrera, goza salud de primera, platillo que sirve de buena gana, ahora, por el Coronavirus, bajo el mango de su patio, donde me atiende en sana distancia, claro, muy conectado a pláticas que le son pan y manteca del día.

Entusiasma oírlo. Entretiene. Se nota que respira profundo como sus vivencias, y continúa:

-Familias enteras, en el desasosiego, del diario arrancaban una puerta de su vivienda para acostar mientras tanto al difunto, a la espera del carretón que avisaba tocando el carretero, varias veces, la campanilla impresionante, para llevar la tonga de cadáveres al campo santo. La gente –dice- en ninguna circunstancia, jamás se dejará morir. Y qué bueno. Echaban mano de cielo y tierra mientras les era posible: ya con aceite de palma de Cristo como purgante; ya tomando te de canela; ya hirviendo agua de que aspiraban, toalla alrededor de la cabeza, vapores calientes que hacían sudar la gota gorda, por fuera y dentro de los pulmones; ya sahumando la casa, desde la puerta y setos hasta el pital, con estoraque, romero y pachulí; ya ensalmando al enfermo con una devoción conmovedora. El encierro entonces sí que fue de verdad encierro.

Ni luz eléctrica. Ni radio. No había para ni con qué moverse. Lo mejor, -continúa don Beto- fue cercarse a piedra y lodo, como bien se aconsejaba. Hubo ocasiones en que ya el trapo negro no señalaba sino los fuertes tufos de una persona fallecida.

La mano de los vecinos, ninguna novedad, permaneció tendida: desde la peste de 1918, no pocos arriesgaban su vida por socorrer a contagiados, aunque no fueran de su familia.

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