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¿Quién es más prepotente, Hernán Bermúdez o Silvano Aureoles?

Valdría la pena recordar que hace 183 años, en el pueblo Tacubaya, hoy la alcaldía Miguel Hidalgo, en la Ciudad de México, por deudas entre “oficiales” del presidente Santa Anna y Monsieur Remontel (panadero francés) estalló La Guerra de los Pasteles, entre México y Francia. Dejo a imaginación de las y los lectores, ¿qué habría pasado si los oficiales se hubiesen comportado con sencillez y sensatez, evitando actitudes pedantes y previniendo los daños al restaurante del panadero francés?

Paralelo interesante, con base en las recientes actitudes de prepotencia del gobernador michoacano, Silvano Aureoles, al mostrarse muy “gallito” contra un manifestante. Dicha actitud bastó, para que el presidente López Obrador “vacunara” el ambiente y destacara que el Ejército no tuvo nada que ver, pues los militares mantienen la premisa de proteger al pueblo.

Pero qué podríamos esperar de Aureoles Conejo, cuando su “jefe moral”, Chuchito Zambrano, ha sido un embajador del poder y ha convertido aquel vestigio del Partido Mexicano Socialista, en un satélite, que se vende al mejor postor. Algo así como una versión, región 3 del Partido Verde, propiedad de Jorge González. Por lo menos, a González Torres, no le da pena ocultarlo.

A un año de la pandemia, valdría la pena recordar aquella penosa escena del secretario de Seguridad tabasqueño, Hernán Bermúdez, cuando le gritaba a un comerciante: “ahora sí vas a ver cómo te voy a educar”, que sólo buscaba ejercer su derecho a trabajar, con base en el 123 constitucional; en razón de lo anterior ¿consideran que a Bermúdez Requena le harían falta unas clases de derecho y de historia?, para recodarle que la prepotencia no deja nada bueno; esperemos al leer esta prosa, investigue sobre la Guerra de los Pasteles. Por cierto, ¿no se supone que la premisa de la 4T (era) o es: “Prohibido prohibir”?

POST-IT. Al parecer el PES ya empezó a destacar, pues desde que su dirigente Hugo Eric Flores mostró su gusto por los lujos. como viajar en primera clase a Houston. Aplicó la máxima: “Prefiero que hablen mal de mí, a que no hablen”.

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